Japón: morir es un honor

Para la cultura japonesa la muerte no es algo distante, no sucede como en otras en las que se obvia su existencia intentando no reparar en ella. Sobre “la dama de la guadaña” se habla, se acepta e incluso se planea… Las creencias sintoistas tienen sus propios mitos con relación a la muerte y, actos como el seppuku (más conocido en Occidente como el Hara-kiri ) o los famosos pilotos kamikaze de la II Guerra Mundial son buenos ejemplos de cómo se vive la muerte en el país del sol naciente.

“Quienes se aferran a la vida mueren, quienes desafían a la muerte sobreviven.”

Uyesugi Kenshin (siglo XVI).

La primera religión que se adoptó en Japón de forma mayoritaria fue el sintoísmo o “camino de los dioses”. Según sus fieles, los orígenes de este culto se pierden en la noche de los tiempos. Creen que el sintoísmo ha desarrollado una profunda huella en la tradición de esta nación porque pretende entremezclar sus inicios legendarios con la propia historia de aquel país.

Sea cierto o no lo que es incuestionable es el hecho de que esta religión se introdujo poco a poco en muchos -por no decir todos-, de los aspectos de la experiencia emotiva de Japón, dando lugar a respuestas condicionadas en campos tan diversos como la Naturaleza, la vida en comunidad, la organización social, las festividades, la política, la estética y, por supuesto, en su forma de vivir la muerte, esa experiencia que todos, indefectiblemente, tendremos que afrontar algún día.

Los dioses y la muerte

El sintoísmo ha contribuido a afianzar la idea de que la familia imperial desciende directamente deAmaterasu, la diosa del Sol, que es la Kami (deidad) suprema del panteón sintoista.

Sin embargo, no se les puede restar importancia a sus progenitores, los dioses Izanami (espíritu femenino) eIzanagi (espíritu masculino) que desempeñan el papel de hermanos y esposos al mismo tiempo y que destapan las grandes preocupaciones de los hombres: la muerte y la corrupción física que ésta conlleva.

Izanagi e Izanami dieron vida a numerosos hijos que no siempre les causaron satisfacciones. El primero, por ejemplo, era “débil”, por lo que, en un acto bastante cruel, lo abandonaron a su suerte en una balsa.

Con posterioridad nacieron otros muchos que se convertirían en islas, ríos, montañas, etc. Sin embargo, durante el parto del último de los hijos, Kagu-tsuchi, el dios del fuego, Izanami tuvo serias complicaciones pues su nacimiento la abrasó casi por completo convirtiéndola en un esperpento de lo que era, para terminar muriendo poco después ante los atónitos ojos de Izanagi que, invadido por la cólera, dio muerte al hijo causante de su dolor cortándole la cabeza con su espada.

No obstante, de la sangre derramada, nacerían otras ocho divinidades y de las partes de su espíritu verían la luz otras tantas. Se ponen de relieve en este momento dos cuestiones interesantes dentro de esta cultura: La muerte no es el final y existe una supervivencia del espíritu. Y es que, para ellos, la reencarnación es una realidad.

El descenso a los infiernos

A pesar de haberse desahogado con el pobre Kagu-tsuchi, Izanagi no se consoló y día tras día anhelaba el momento de encontrarse con su amada quien permanecía oculta en los infiernos, pues se sentía muy avergonzada de su aspecto. Ella, para su desgracia, ya había comido los alimentos del país de los muertos y su retorno ya no sería fácil. Así se lo comunicó a Izanagi, saliendo a su encuentro antes de que éste entrase a buscarla al infierno. Le hizo entonces dos ruegos: que no le mirase de cerca y que fuese paciente con la situación.

En inicio, su esposo respetó sus deseos, pero el tiempo pasaba e Izanagi no se resignaba a estar separado de su esposa. Por ese motivo, tomó una púa de un peine a la que prendió fuego a modo de tea, y se introdujo en aquel siniestro lugar.

Una vez dentro, el espectáculo que descubrió le dejó estupefacto: los gusanos se extendían por todo el cuerpo de su amada y el olor de la putrefacción lo impregnaba todo.

Izanami se sintió humillada y ultrajada, por lo que enfurecida, le envío una horda de mil quinientos demonios, de los que el dios pudo deshacerse a duras penas.

El Batsudo , el “camino de Buda”, ofrece en cambi, una visión más consoladora de la muerte en la figura deJizo Bosatsu , dedicado en exclusividad a consolar a los muertos. Aparece representado como un monje de faz agradable cuya cabellera está rasurada. Ataviado con una túnica, sujeta entre sus manos un bastón. Su misión es redimir a las almas del infierno para conducirlas al cielo.

El seppuku o la muerte ritual

El seppuku o suicidio por desentrañamiento, no es una práctica tan erradicada del Japón moderno como la lógica dicta. En su momento era un ritual muy extendido entre los samurai , para quienes la muerte significaba una cuestión de honor.

Morir por causas naturales no era deseable para ellos. Era preferible morir pronto y violentamente, ya que, esto representaba una predilección por parte de los dioses sobre el guerrero. Ése es el motivo de que adoptasen como emblema el capullo de cerezo –bello y efímero-. A pesar de lo expuesto, no era deseable –se consideraba un acto de cobardía- buscar la muerte sin un motivo que lo justificase.

Sólo se podría realizar el seppuku para vengar la muerte de un amigo, evitar el deshonor o pagar un crimen o error cometido, y presentaba dos variantes: el obligatorio y el voluntario.

El obligatorio era “privilegio” exclusivo de los samurais , mientras que el voluntario servía como signo de protesta o adhesión a un movimiento o a una persona. El primer tipo se abolió en 1868, pero el voluntario, aunque se quiso prohibir al año siguiente, llegándose a presentar una proposición al Parlamento, ésta fue rechazada por 200 diputados de los 209 que conformaban la cámara.

Aunque las cosas han cambiado, tal vez la práctica de esta ceremonia -consistente en abrirse el vientre con un puñal muy afilado, para que, con posterioridad, alguien de confianza te corte la cabeza con una katana-, haya quedado en un segundo plano. Sin embargo, no son raras las noticias que nos llegan desde aquel país sobre suicidios políticos, financieros, personales e incluso de escolares de muy corta edad, que ante situaciones que se siguen considerando deshonrosas, prefieren morir a vivir en la desgracia de saberse mancillados por una cultura que no conoce el perdón.

Los pilotos kamikaze

Durante la II Guerra Mundial, unos misteriosos pilotos, bautizados con el nombre de Kamikaze causaron asombro del mundo. Kamikaze significa “resistencia suicida”. En el último período de la citada guerra, los japoneses adoptaron una estrategia ofensiva consistente en enviar escuadrones compuestos por hombres entrenados para morir estrellándose contra los objetivos enemigos prefijados.

Esta postura, difícilmente entendible en Occidente, encaja bastante bien dentro de los postulados de los Samurais . De hecho, en el Bushido , el código Samurai por excelencia, nacido en el siglo XII, se recoge dentro de “los siete principios” esta peculiar idea de la muerte con una claridad pasmosa. El Gi –uno de esos principios- señala: “La correcta decisión, la que se realiza con ecuanimidad, la correcta actitud, la verdad. Cuando debemos morir, debemos morir. Rectitud”.

Artículo publicado en la revista MÁS ALLÁ.

© Clara Tahoces 

Imagen de la película Pearl Harbour (2001)

Clara TahocesJapón: morir es un honor

Comentarios 1

  1. Carlos GaliciaBello

    Delicado como la flor del loto, fresco como la brisa de primavera, hermoso como el sol naciente , así me ha parecido tu artículo que habla de aquella Realidad trascendente que movió a Yukio Mishima y a tantos otros kamikazes sin prejuicios ni gazmoñerías politicamente correctas. ¡Enhorabuena Clara!

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