Entrevista a Irene Villa

Trece años después del brutal atentado que sufrieron su madre y ella, Irene Villa ha escrito un libro, Saber que se puede (MR), en el que reflexiona sobre todo lo que ocurrió antes y después de la explosión de la bomba que ETA puso en el coche familiar. En él, por primera vez, revela algunos detalles inquietantes.

“Los sueños se me repitieron durante muchas noches. En ellos, alguien quería hacernos daño a mi madre y a mí. Pero hubo una noche en la que el sueño fue algo más terrible: alguien nos cogía, nos ponía en una mesa de quirófano y nos quería cortar con una sierra eléctrica las extremidades. Fue muy fuerte que justo nos quisieran cortar las extremidades.”

Así dio comienzo nuestra conversación, relatándome las incontables pesadillas que -un mes antes de su atentado- le persiguieron como una sombra amenazante que acechaba su vida. Pero ella sólo tenía doce años, ¿cómo iba a imaginar, por aquel entonces, que la barbarie terrorista iba a encargarse de hacerlas realidad?

Mientras hablaba, observaba sus gestos, su mirada tímida, y percibía una gran inteligencia bañada de sensibilidad y ternura. Sus enormes ojos transmiten un bienestar y un equilibrio que muchos quisieran para sí. Entonces pensé que Irene había triunfado sobre quienes quisieron acallar su voz y lo había hecho con las “armas” de las que disponía: la paz y el amor.

Acaba de publicar un libro, cuyos derechos han sido donados a la Asociación Víctimas del Terrorismo, asociación de la que es delegada de Madrid, y que al cierre de esta edición ya ha alcanzado la cuarta edición.

El 17 de octubre de 1991, la banda terrorista ETA puso una bomba en los bajos del coche de la madre de Irene Villa . Ésta explosionó justo cuando María Jesús accionó la llave de contacto. Los efectos de la explosión fueron devastadores. Irene sufrió la amputación de las dos piernas y de varios dedos. Su madre perdió una pierna y un brazo. Unos desaprensivos habían hecho realidad sus más oscuras pesadillas.

-No contaste lo de los sueños hasta ahora, ¿por qué?

-No lo hice porque no quería amargar a nadie, a mi madre, principalmente. Y pensaba que si no contaba los sueños, a lo mejor desaparecían, como suele pasar siempre. Se cree que aquello de lo que no se habla no existe. Fue algo que llevé dentro y, quizá por eso, porque en el fondo presentía que algo malo iba a ocurrir, no lo conté, para que no sucediera.

-Pero antes del atentado se dieron un cúmulo de circunstancias, por decirlo de alguna manera, curiosas…

-Pasaron algunas cosas, sí. Antes del atentado, un día, en El Retiro, me leyeron la mano. Una gitanilla insistió bastante en leérmela y me dijo una serie de cosas que, en ese momento, eran difíciles de creer: por ejemplo, que iba a cruzar el charco y que iba a viajar a Estados Unidos. Era impensable. Éramos una familia muy humilde que vivía en Aluche. Mi padre era taxista y mi madre una funcionaria que trabajaba en una comisaría. No teníamos dinero para eso.

Después del atentado, Irene realizó aquel viaje, a Washington, cuando fue nominada para recibir el galardón internacional Victory Award , un premio que otorga un hospital de rehabilitación a aquellas personas que han destacado con su ejemplo de fuerza interior.

Hechos encadenados

-¿Y a tu madre? También le ocurrió algo antes, ¿no?

-A mi madre le leyó la mano un compañero de trabajo y en un momento determinado no quiso seguir. No supimos nunca lo que vio, pero explicó que era algo que nos iba a pasar a las dos juntas, a mi madre y a su hija pequeña.

Lo relatado no dejarían de ser simples anécdotas, sin embargo, cuando se van sumando la cosa se complica… Virginia, la hermana mayor de Irene, que en aquel tiempo tenía quince años, también percibió que algo terrible iba a ocurrir aquella fría mañana.

Desde que escucharon la primera explosión, la que acabó con la vida del teniente Francisco Carballar , mientras desayunaban en casa, Virginia comenzó a sentirse terriblemente inquieta: “Mi hermana entraba en el instituto una hora antes. Ella siempre ha sido un poco `bruja´. No se quería ir esa mañana porque presentía algo. No nos quería dejar solas. Se quería venir con nosotras en el coche. Mi madre le quitó la idea de la cabeza. `Anda vete al instituto que tú lo que quieres es perder clase´, le dijo. Y menos mal que no vino, porque una de las dos habría muerto seguro. La parte de atrás del coche quedó totalmente destrozada” .

-Sin embargo, no se le quitó esa extraña sensación…

-No. A las nueve menos cinco de la mañana –justo cuando explotaba la bomba- dio un bote de la silla. Quería salir a llamar pero no se lo permitieron… Más tarde se enteró de lo que había pasado.

-¿Y qué te ocurrió a ti justo antes de subirte al coche con tu madre?

-No sé por qué pensé aquello, pero le comenté a mi madre: “¿Y si nos han puesto una bomba a nosotras?” Ella le quitó importancia al asunto: “No digas tonterías, ¿quién va a querer ponernos una bomba a nosotras? Eso sólo se lo hacen a la gente importante” .

-De todas formas, tú nunca le has dado mucha importancia a todas estas cosas que hoy nos estás contando…

-No, la verdad es que no. Soy una persona muy práctica y hasta que no veo algo, no me lo termino de creer. Me encantaría, por ejemplo, creer en Dios ciegamente, pero tengo mis reservas. La gente me dice: “¿Cómo puedes no creer? ¡Si precisamente tú eres un milagro!” Pero, la verdad es que ocurrieron una serie de cosas, que viéndolas en conjunto, parecen extrañas.

El destino y la muerte

-¿Crees en el destino? ¿Tuvo para ti algún sentido especial el hecho de que atentaran contra vosotras?

-Más que en el destino, lo que creo que las cosas pasan por algo. Mi madre siempre dice que a mí tenía que ocurrirme esto para hacerme conocida. Ella cree que yo siempre había sido una chica muy especial, que era muy optimista –y lo sigo siendo-. Piensa que quizá tenía que hacerme “famosa” de esta manera tan brutal para poder transmitir un mensaje que, de otro modo, no se habría escuchado tanto. Todo esto, aunque suene paradójico, me ha servido para poder contagiar a mucha gente este amor que llevo dentro.

-Pero, cuando te pasa algo así, no eres consciente de que ésa puede ser tu trayectoria vital…

-Las cosas pasan porque tienen que pasar, pero no eres consciente de ello hasta que transcurre cierto tiempo que te permite ver más allá, ver un poco más lejos. En aquel momento, sólo me preocupaba recuperarme y recuperar mi vida, el análisis vino después.

-Tras la explosión estuviste tres días en coma, en la “antesala” de la muerte, y dices en tu libro que estabas “la mar de a gusto”… ¿Cómo es eso?

-Ya sé que suena raro, pero, sí, estaba fenomenal. No sé si era la muerte o qué, pero lo recuerdo muy agradable. Una sensación de paz, igual era por la morfina o vete a saber si es verdad eso del “puente” que cuentan, porque lo cierto es que vi una luz o algo parecido. No era exactamente un túnel, pero noté como si mi alma descendiese hasta mi cuerpo y se metiese dentro. Era como una fuerza extraña que me arrastraba. No quería salir de ese estado; después, cuando escuché el pitido de las máquinas, empecé a ser consciente de que estaba en un hospital y comenzó la pesadilla.

-¿Y qué piensas ahora de la muerte?, ¿crees que hay algo detrás?

-Nunca he sentido miedo de la muerte, ni antes ni después del atentado. La posibilidad de que exista una reencarnación me parece una idea preciosa. Cuando estuve en la India aprendí mucho acerca de esa creencia, pero soy demasiado empírica y no estoy convencida de ello.

El largo camino del perdón

-Hay mucha gente a la que le cuesta creer el hecho de que, tanto tu madre como tú, hayáis conseguido perdonar y desterrar el odio. Tu hermana, en cambio, aún no ha podido… ¿qué pasos hay que dar para aprender a perdonar?

-Es difícil porque no nos han enseñado a hacerlo y eso tiene que surgir de dentro de uno mismo. Más cerca de mi hermana que yo, no hay nadie, y ella no lo ha logrado. Lo hemos intentado mi madre y yo, pero, de momento, no ha podido ser.

-¿Y a vosotras por qué os resultó más sencillo?

-Estábamos más preocupadas por salir adelante y por superar lo que nos había pasado, por volver a andar. Además, creo que eso va en el espíritu de cada uno, ojalá se pudiese contagiar. Mucha gente me dice: “Pero, ¿cómo que no odias?” Yo contesto que me quiero mucho y que quiero ser feliz. Si odiara estaría toda la vida sufriendo, maldiciendo, amargada… Es una decisión propia, una decisión interior. Le pregunto a mi hermana: “¿Tú crees que a ellos les va a llegar un poquito de ese odio? Ese odio, a la única que machaca, que destroza y que destruye es a ti. Eso es no quererse nada y yo me quiero un montón” .

Irene no ha perdido el tiempo odiando, después de superar el terrible trance y de conseguir volver a andar con prótesis se ha dedicado a estudiar y a viajar, a veces, acompañando a la ONG Infancia Sin Fronteras. Es periodista y está a punto de acabar las carreras de Psicología y Humanidades, lo que le ha permitido escribir un libro sencillo, para que llegue a mucha gente, pero cargado de vivencias que muestran cómo se puede vivir en armonía, que enseñan a saber que se puede.

Recobrar la fe

Irene Villa ha tenido un par de crisis de fe en su vida, pero ha conseguido superarlas a fuerza de tesón…

-¿Cómo se vuelve a creer después de haber perdido la fe?

-Iba a un colegio de monjas y nos enseñaban a rezar todas las noches dando las gracias por todo lo que teníamos, por nuestro cuerpo, nuestras piernas, manos, etc. De repente, un día ocurrió el atentado y me quedé sin piernas y cuando desperté me dije: “Entonces Dios no existe y todo lo que me han contado es mentira” .

Pero recuperé la fe enseguida, al ver la respuesta de la gente y al recibir tanto amor a mi alrededor. Había tanta gente que deseaba verme recuperada y andando que pensé: “¡Va a ser que sí existe!” Luego me he dado cuenta de un montón de cosas, que lo que ocurrió tenía que pasar y que sí que hay “algo”. Pero lo que me pasa es que ya no creo tan fervientemente como cuando era una niña. Recuperé la fe porque si yo no tengo fe, ¿quién la va tener? Tengo que tener fe porque estoy aquí, estoy viva, pero aún continúo creciendo espiritualmente.

Clara TahocesEntrevista a Irene Villa

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