La biografía secreta de Javier Sierra

Es uno de nuestros escritores más internacionales. Ya son 225 las ediciones mundiales de sus obras. Su última novela, El maestro del Prado, ha logrado desbancar a Las sombras de Grey en las listas de los más vendidos en España. Y, sin embargo, aunque muchos conocen su perfil literario, he querido hacer su retrato humano, una “carta de navegación” plagada de sincronicidades y misterios.

“Sabes lo extraño que me parece que tú me entrevistes, ¿no?”, me dice Javier Sierra, escritor y consejero editorial de esta publicación, justo antes de comenzar nuestra charla. Estamos en su casa del centro de Madrid, sentados en el salón frente a un par de coca-colas. Su nuevo hogar, que comparte con Eva, su mujer,y sus dos hijos, es un auténtico paraíso para los amantes de los libros, muy diferente –en cuanto a espacio y comodidades– a la primera casa que Javier tuvo en La Navata. No exagero si digo que allí encontré libros en el interior del horno e incluso en su nevera. También fui testigo de cómo Sierra acarreaba troncos para alimentar su chimenea, pues aquella vivienda, en plena sierra madrileña, aunque encantadora, carecía de calefacción.

Le confieso que a mí me resulta aún más raro ser yo quien le entreviste. Quizá esto merezca una aclaración. Conozco a Javier desde finales de 1988 y hemos compartido tantos momentos que ahora me cuesta ponerme en este papel y olvidar que somos amigos. Pero voy a intentarlo.

Por aquel año, ambos pertenecíamos a la Sociedad Española de Investigación del Fenómeno Paranormal (SEIP) (no confundir con la actual SEIP que dirige Pedro Amorós). Por esos azares económicos de la vida, los miembros de la sociedad no teníamos un local donde reunirnos. A aquellos encuentros acudían investigadores de diferentes lugares de España, pagándose el desplazamiento, el alojamiento y las dietas con el único fin de reunirse con otros como ellos y compartir información e inquietudes. Así que se me ocurrió que tal vez podríamos citarnos en el despacho que tenía mi padre, que disponía de una amplia sala de reuniones y a todos les pareció bien. Ese fue mi primer contacto con Javier, un joven turolense, que había llegado poco antes de Vinaroz (Castellón) a Madrid para estudiar y abrirse paso en la capital.

Situémonos en aquella época: Internet no existía. Encontrarse con personas que compartieran tus mismos intereses no era tan fácil como ahora. El único punto de encuentro de entonces era la sección de “contactos” de la extinta revista Karma-7. La información circulaba a través de fotocopias, largas audiocartas grabadas en cintas magnetofónicas, boletines, congresos y encuentros a los que acudíamos con más ilusión y ánimo que dinero en los bolsillos. Nos buscábamos la vida de cualquier manera; compartíamos gastos, nos alimentábamos con bocadillos, a veces dormíamos en coches y todas esas cosas que se hacen cuando se es joven y se tiene una pasión.

Sin embargo, la trayectoria de Javier había comenzado mucho antes. “Cuando tenía 10 u 11 años, jugaba a hacer revistas, dibujos, periódicos y a escribir mis primeros cuentos. Escribir sobre lo desconocido me atraía muchísimo”, explica.

En 1985, con 14 años, Javier organizó en su Teruel natal, justo antes de dejarlo, un grupo llamado Seguimiento ovni (SEOV). “Tenía su escudo, su carné, su boletín, y se lo enviaba a todo el mundo sin rubor alguno, entre ellos a Antonio Ribera y J. J. Benítez. Es más, conocí a Ribera gracias al SEOV. Pero, fíjate cómo son las cosas: simultáneamente, quien había montado otro grupo infantil, haciendo un boletín en el que recogía casos ovni, fue Iker Jiménez –sonríe Javier–. Cuando Iker y yo hemos visto nuestros respectivos archivos infantiles, nos hemos quedado de piedra porque compartíamos la misma obsesión en el mismo momento de nuestra infancia”.

El consejo de un maestro

Ni corto ni perezoso, Javier envió sus boletines a Antonio Ribera, una eminencia en el estudio de los ovnis, maestro de escritores, acompañados de una carta en la que le decía que le gustaría ser escritor e investigador de todos esos fenómenos. Le pedía consejo y le preguntaba qué debía estudiar para lograrlo. Para su sorpresa, Ribera le contestó justo el día de su decimoquinto cumpleaños. “Me dijo que estaba muy impresionado con el material que le había mandado y que veía madera de periodista en mí. Me envió un libro dedicado, que aún conservo, y me explicó que si quería avanzar en este campo lo que tenía que hacer era estudiar inglés, ya que la bibliografía fundamental del enigma OVNI estaba en ese idioma”.

Javier le hizo caso y se apuntó a una academia de inglés, a la que acudía tres veces por semana. Además, empezó a cartearse con gente de todo el mundo. Se hizo miembro de la Ancient Astronaut Society, la Mutual UFO Network o el Center for UFO Studies, y comenzó a recibir sus publicaciones. Muy pronto, como predijo Ribera, se convirtió en alguien bien informado en la materia.

Encuentro en Montserrat

Desde que Javier creó el SEOV hasta que se marchó a Madrid para estudiar el curso 1987-1988, pasaron cosas importantes en su vida. Conoció a muchos investigadores, pero lo que le marcaría a fuego estaba por llegar… “El 24 de julio de 1987, es decir, justo antes de marchar a Madrid, hice un viaje a Barcelona para conocer a nueva gente interesada en los ovnis. Viajé con Manuel Carballal. Él vino de Galicia y yo de Castellón. Fuimos a saludar a Antonio Ribera y a Luis José Grífol, un hombre que subía desde 1980, todos los días 11 de cada mes, a la montaña de Montserrat (Barcelona) para supuestamente ver luces de origen desconocido. Nosotros queríamos entrevistarlo. Date cuenta de que en aquel momento estaba metido en toda aquella vorágine, pero, en realidad, nunca había visto nada”, cuenta Javier.

Aquella noche Sierra, Carballal y Grífol presenciaron algo que los dejó sin habla. “Subimos a la montaña y pasada la medianoche vimos ‘aquello’. Esa luz enorme que nos sobrevoló –me confía Javier–. Fue muy fugaz, muy rápida, pero muy baja y a mí realmente me causó un shock emocional tremendo”. La luz a la que hace referencia tenía un poderoso núcleo de color verde, casi esmeralda, e iba seguida de una pequeña cohorte de pequeñas chispas anaranjadas. “El viento se detuvo –relata Javier en su libro La ruta prohibida (Planeta)–. La montaña calló de repente. Y sin avisar, cuando la llum [luz] estaba a menos de un centenar de metros sobre nuestras cabezas, la noche se la tragó de nuevo devolviéndonos bruscamente a la realidad. Nunca en mi vida había pasado tanto miedo…”.

Todavía pasaron un par de cosas más. Una de ellas, en mi opinión, muy lógica y humana: se metieron en el coche y bajaron la montaña como almas que lleva el Diablo. Grífol les dejó a las dos de la madrugada en la puerta de la estación de Sants, que estaba cerrada. No tenían dinero para ir a un hotel, ni para nada, y debían tomar un tren temprano en dirección a Vinaroz, así que pasaron la noche allí, sentados en un banco, con los ojos abiertos como platos. “Yo estaba impactado pero feliz –recuerda Javier con un brillo en los ojos–, porque sabía que aquello a lo que estaba dedicando mi vida, existía. Nadie me lo tenía que contar. Y eso me dio una fuerza y un empuje que son de los que bebo aún hoy”.

Le pregunto que qué cree que pudo haber sido aquello que vieron, y Javier me explica, haciendo gala de su lado racional, que –por las características que tenía– quizá pudo tratarse un bólido reentrando en la atmósfera. Sin embargo, en los días posteriores, tanto Carballal como Sierra, que ya habían recuperado su faceta de investigadores, hicieron una serie de llamadas para descartar esa u otras posibilidades convencionales. Ni en el Observatorio del Ebro, ni en la torre de control del aeropuerto de El Prat ni en la Agrupación Astronómica de Sabadell pudieron confirmarles nada. Nadie había detectado nada.

La segunda cosa que les sucedió llegó tras revelar los carretes de aquel viaje. Ninguno de los presentes había fotografiado nada, pese a que los tres llevaban consigo sus respectivas cámaras en el momento del avistamiento. El motivo es sencillo: no habían tenido tiempo de hacerlo. Todo fue demasiado rápido y se habían quedado petrificados ante aquella luminaria. Pero, en cambio, sí que habían realizado otras fotos durante el viaje. Pues bien: los tres carretes que llevaron a Montserrat estaban velados. Recordemos que en aquella época no había cámaras digitales y el presupuesto no daba para muchos gastos, así que solía emplearse un carrete por viaje. “Puede ser una casualidad, puede serlo –dice el Javier sensato al que sus lectores están acostumbrados–, pero también pudo ser otra cosa. Quizá ese velado se debió a la proximidad de lo que vimos. Ahí queda como misterio”.

Como es lógico, después de una experiencia como aquella, Javier sintió que todos los sacrificios que estaba haciendo merecían la pena. Esa certeza interior le insufló nuevos aires para perseverar. Acudía a cuantas conferencias, congresos y jornadas se celebraban sobre estos temas, siempre y cuando su exiguo presupuesto se lo permitiera. En uno de esos eventos conoció a Enrique de Vicente, concretamenteen la presentación madrileña de la mítica revista Cuadernos de Ufología, en febrero de 1988. A Enrique, por cierto, Javier le ha dedicado su último gran éxito editorial El maestro del Prado (Planeta), que salió publicado el pasado mes de febrero, 25 años después de aquel encuentro. “Es a partir de conocer a Enrique y de ofrecerme a ordenarle su colosal archivo cuando comencé a tomar contacto con la vida paranormal de la capital”.

Javier Sierra, apoyado en los muros de la Catedral de Santiago de Compostela.

Javier Sierra, apoyado en los muros de la Catedral de Santiago de Compostela. Foto: Clara Tahoces

Más Allá

Aquella fue una época de efervescencia, un tiempo crucial, que culminaría con la aparición de esta revista en marzo de 1989. “Estaba estudiando, interno, en el colegio Santa María de la Hispanidad, muy cerca del aeropuerto de Barajas –recuerda Javier–. Y cuando salió MÁS ALLÁ, fui el primero del barrio en ir al kiosco a comprarla. La había visto anunciada en televisión y para mí aquello fue un gran acontecimiento. Después de adquirirla, regresé a mi residencia (estaba estudiando tercero de bachillerato) y le anuncié a mi jefe de estudios que un día yo trabajaría en esa revista. De repente, cobró sentido todo el esfuerzo de venirme a Madrid a estudiar periodismo. Había aparecido un medio de comunicación profesional afín a lo que quería hacer. Ese día tuve claro que mi objetivo sería la redacción de MÁS ALLÁ”.

Para Javier, uno de los grandes momentos de ese período fue cuando del doctor Fernando Jiménez del Oso decidió incluirle en el staff de la revista como colaborador. Pero antes de eso, fiel a su propósito, había llegado a la redacción con una serie de propuestas y de ideas que ofrecerles. “Se las presenté a José Antonio Campoy. Recuerdo que hizo dos llamadas para intentar averiguar quién era yo. Una fue a Antonio Ribera, que me conocía de sobra y me consideraba su nieto ufológico, y otra a Andreas Faber-Kaiser, que también me conocía, porque el verano anterior, en 1988, me había invitado, con 16 años, a un programa que él tenía en Catalunya Ràdio dedicado al fenómeno OVNI (Què Volen Aquesta Gent?¿Qué quiere esta gente?). Las referencias que ambos dieron fueron positivas y Campoy decidió publicarme aquellas primeras noticias”.Para los más curiosos, la primera noticia que Javier publicó en MÁS ALLÁ puede leerse en el núm. 4 y el primer reportaje en el 6.

 Las sincronicidades de La dama azul

En 1991 ocurrió algo muy relevante en la vida de Javier. Algo que le impulsaría hasta el punto de convertirlo en novelista. Todo fue por culpa de una serie de curiosas sincronicidades que se produjeron a partir de ese año. Debido al éxito de MÁS ALLÁ, otra editorial había sacado una segunda revista profesional de misterio: Año/Cero, que vio la luz en el verano de 1990. La dirigía (y aún lo hace) Enrique de Vicente, quien contó con Javier para el proyecto. “Duré poco, a los tres meses presenté mi renuncia –recuerda Javier–. Estaba estudiando periodismo y tenía que compatibilizar el trabajo de redacción con la facultad. Además, la redacción estaba lejísimos de mi colegio mayor, así que decidí pasar a ser un colaborador, pero sin estar dentro del equipo”.

Uno de los primeros reportajes que escribió para esa revista se publicó en febrero de 1991 y versaba sobre teleportaciones. En él, Javier mencionó la historia de cierta monja española llamada sor María de Jesús de Ágreda, que, según averiguó, había predicado en el Nuevo Mundo desplazándose allí de manera “mágica”, sin haber salido jamás de su convento. Poco más sabía entonces sobre ella. De hecho, la citó en su artículo como una mera referencia histórica.

“Un mes después de publicar ese trabajo, el 14 de abril de 1991 –rememora Javier–, me encontraba de viaje por España haciendo otro reportaje. Quise ir a un pueblecito de Soria que se llama La Cuesta, donde tuvieron una copia de la Sábana Santa. Y fui a Logroño por lo mismo. Total, que en ese trayecto de Logroño a Soria, me sorprendió una fuerte nevada”. Aquella tormenta lo dejó aislado en Laguna de Cameros. Intentando huir de esa serranía –sin cadenas para las ruedas–, Javier fue siguiendo el rastro de la carretera a medida que se iba deshelando y, sin saber bien cómo, acabó en un pueblo llamado Ágreda.

“Al ver el cartel de Ágreda sentí un latigazo en el estómago. Me acordé del reportaje que acababa de publicar y decidí averiguar si, por una de esas casualidades, había llegado al pueblo natal de aquella monja milagrosa –explica Javier–. Me perdí en sus calles. No había nadie y hacía mucho frío. Como no encontré siquiera un bar abierto, decidí irme y entonces me extravié de veras yendo a parar a una carretera que desembocaba en un convento. En la puerta, mudo de asombro, vi la estatua de una monja. Me bajé del coche mosqueado y leí la inscripción de su pedestal: `A la venerable madre Ágreda, con tanto orgullo. Sus paisanos´. Entré, claro, en el convento y al preguntar en el torno me contaron toda la historia de la monja, que resultó ser la madre fundadora de la que hablaba en mi artículo. Las religiosas respondieron a todas mis preguntas y hasta me enseñaron el cuerpo incorrupto de sor María. Entre otras cosas, me contaron que la Dama Azul –así la llamaban– se había bilocado a Nuevo México, Arizona y Texas”.

En la mente de Javier comenzó a fraguarse un reportaje. Sin embargo, esa misma semana le llamó Antonio Ribera, a quien habían invitado a un congreso internacional de ovnis en Arizona (¡uno de los lugares en los que presuntamente se aparecía la Dama Azul!). Le pidió que lo acompañara. Ribera tenía por aquel entonces 71 años y no se atrevía a ir solo. Y Trini, su mujer, tampoco se veía con fuerzas para viajar al otro lado del Atlántico.

“Lo único que tenía que hacer era pagarme el billete –dice Javier–. Pero yo no tenía dinero para eso. Finalmente, fue MÁS ALLÁ quien me lo compró a cambio de una serie de reportajes que cubrieran su valor. Lógicamente, acepté”.

Javier Sierra no desaprovechó aquella nueva oportunidad. Alquiló un coche junto a dos compañeros del congreso, Antonio Huneeus y Roberto Pinotti, y viajaron a Roswell atravesando toda la zona de las apariciones de la monja. Cuando Javier regresó a Madrid, trajo consigo una serie completa de reportajes y nuevas historias que publicó en el monográfico núm. 3, titulado Ovnis, que él mismo coordinó y que fue un éxito de ventas.

Salto a la literatura

Todo aquello había ocurrido gracias a una serie de sincronicidades difíciles de explicar hasta para la mente más cartesiana. Por eso, Javier decidió que la historia de la monja de Ágreda merecía algo más extenso que un reportaje. Su intención fue hacer un ensayo que contara su increíble vida. “Hablé con J. J. Benítez, quien me presentó a su editor de Planeta, un gesto que nunca olvidaré. Sin embargo, el editor, tras estudiar mi proyecto, lo rechazó. Lo envié entonces a Martínez Roca y los editores de aquel entonces también lo rechazaron. No fue hasta siete años después cuando José María Calvín, el nuevo editor de Martínez Roca, leyó mi propuesta y me dijo: `Mira, esta es una historia tan increíble que, o la cuentas en una novela o como ensayo no lo veo´. Y acepté el reto. Ahí nació La dama azul.

Esto descubrió a Javier algo muy importante, algo que describe como una de las grandes verdades de la literatura: “Si tienes una información que transmitir y te limitas a exponerla en un ensayo, el lector la olvidará en un corto espacio de tiempo, porque nuestro cerebro no está preparado para retener demasiados datos. En cambio, si la conviertes en una historia y la sazonas con emociones, el lector no la olvidará jamás. Es la base sobre la que se construyen los mitos –enfatiza Javier–. Los mitos en el mundo antiguo fueron construcciones literarias que disfrazaban moralejas, enseñanzas, advertencias y anhelos de su tiempo, cosas que se consideraban importantes para transmitirse de generación en generación. Yo, sin quererlo, empujado por estas sincronicidades, había tocado la membrana del mito y me había convertido en un creador. De algún modo es lo que sigo haciendo. Si tuviera que trazar una línea divisoria entre mi historia y mi prehistoria, diría que esa línea la marca el 14 de abril de 1991, cuando llego a Ágreda. A partir de ahí me convierto en lo que soy: un novelista que cuenta historias veraces”.

Implicación profunda

Es cierto que al observar las obras de Javier Sierra da la impresión de que estamos ante un conjunto, que existe una coherencia interior, un hilo sutil que las entreteje. Para él, su primer libro Roswell. Secreto de Estado (Booket), nacido también de aquel primer viaje a Nuevo México en 1991, es la “célula madre” de lo que después ha acabado siendo. “Ahí decidí escribir solo de aquello que hubiera visto con mis propios ojos. Nunca me gustó escribir de oídas. Todas mis historias nacen de una implicación profunda. Ese vínculo personal preside toda mi obra. La dama azul es un libro que arranca en la primavera de 1991. El maestro del Prado lo hace en diciembre de 1990, unos meses antes. Son dos libros que, si los pones uno al lado del otro y empiezas leyendo El maestro del Prado y luego La dama azul, y en este último cambias el personaje de Carlos por Javier, verás que casi son uno solo. Son mis dos libros más íntimos, en los que me retrato mejor y que tienen una continuidad temporal muy estrecha”.

El maestro del Prado es, en mi opinión, la obra en la que Javier desnuda más su alma. “Sí –asiente–. Fíjate cuándo situó El maestro de Prado: en 1990. En los años precursores de mi visión del mundo. He querido que el lector conozca a ese Javier inquieto, con ganas de aprender, el de esos ojos que se quedaron abiertos en Montserrat y que ya no han vuelto a cerrarse. Para mí esta novela ha sido un ejercicio intimista, personal. Y al ser un reflejo de mi alma, pensé que iba a interesar solo a unos pocos lectores, no que se iba a convertir en lo que ahora es”.

De hecho, Javier pensó que este último libro pasaría desapercibido, que no alcanzaría el éxito de los anteriores, pero no le importaba; tenía la necesidad volcarse en él. Durante todo el proceso de escritura tuvo la sensación de estar escribiendo contracorriente. En esa época, los editores de todo el mundo estaban deslumbrados con la literatura erótica y lo que Javier les proponía era justo lo contrario. “Lo que creo que ha pasado es que en un momento de tanta oscuridad, de tanta carnalidad, tanta materia, la gente estaba necesitada de luz”.

Experiencias iniciáticas

En el contexto de esa implicación con la que Javier emprende sus proyectos, recuerdo el verano que se fue a Egipto para introducirse de noche, a solas y sin luz, en la Cámara del Rey de la Gran Pirámide de Giza. Quería sentir algo parecido a lo que experimentó Napoleón cuando pasó la noche del 12 al 13 de agosto de 1799 allí encerrado. Javier ya había viajado antes al País del Nilo, pero no sería hasta 1997 cuando hallaría la vía para poder tener esa experiencia que, posteriormente, recrearía en El secreto egipcio de Napoleón (DeBolsillo). “No fue por un conducto oficial –confiesa divertido–. Pero bueno, me abrieron la puerta y pude pasar mi noche en la Cámara del Rey. Pedí que desconectaran el sistema eléctrico porque quería tener una experiencia lo más parecida posible a la que tuvo Napoleón. Y el resultado fue impactante. Llegué como muy aventurero, muy echado para delante, pero luego, cuando te enfrentas a la realidad y llevas una hora allí metido, te dices: `Pero ¿por qué me meto en estos líos? ¿Qué necesidad tengo de pasar por esto?´. Más tarde descubres que esa clase de vivencias son experiencias iniciáticas. Necesarias.”

Aunque no son vivencias comparables, pues cada pulso de la vida es diferente, quizá una de las más difíciles fue su ascenso al monte Ararat (Turquía), de más de 5.000 metros de altitud, “sólo” para hacerse una idea de lo que sufrirían sus personajes en El ángel perdido (Planeta). “Quizá sea algo impulsivo, pero en mis viajes siempre persigo algo, y no es por deporte ni por lograr una medalla con la que poder sorprender en una tertulia –matiza Javier–. En este caso, me habría sentido mal si no hubiera escalado la montaña que iba a presidir mi nueva novela. Así que decidí dar el paso, pedí los permisos y la subí con el alpinista César Pérez de Tudela. Aprendí mucho de aquel viaje. De hecho, la montaña, en abstracto, es una metáfora perfecta de la vida. En la vida vence al final el que ha caminado de manera más constante, con la mirada fija en el objetivo”.

Su próxima aventura podremos verla en octubre, en La 2, en el programa Cumbres, un nuevo espacio conducido por la veterana alpinista Edurne Pasaban. Con ella acaba de ir a los Picos de Europa. De hecho, me recibe recién llegado de esa nueva vivencia. Cansado, pero satisfecho. “La experiencia del Ararat me sirvió de mucho. Lo importante es medirte con alguien de tu talla. Para ser un buen protagonista, necesitas un buen antagonista. Y esto pasa en la montaña, en la novela y en la vida”.

© Clara Tahoces

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NOCHEVIEJA DE 2007

Conozco a Javier Sierra desde hace 20 años y he vivido un buen puñado de anécdotas mágicas con él. Casi todas muy divertidas. Otras no tanto. Una de estas ocurrió en la Nochevieja de 2007. La pasamos juntos en un pueblo que prometía ser idílico. Todo idea de Javier, que casi siempre suele acertar. El entorno era excepcional y perfecto para escapar de la rutina y además nos merecíamos unos días de descanso. Plan aceptado.

Pero aquella noche nos dimos cuenta de que la gente sonreía poco. Fue como un encontronazo. Demasiadas caras largas en un día de fiesta. Lo fuimos comprobando. Había un manto de grisura que recorría las vacías calles. Nadie festejaba nada. Y nos pareció doblemente extraño, pues es bien sabido que los italianos –y esto nos lo decíamos un tanto preocupados Javier y yo disimuladamente mientras nos dirigíamos a cenar a la única fonda abierta– son casi como los españoles en cuanto a las demostraciones de euforia. Pero, como digo, allí no parecían muy alegres. Realmente nada en aquel lugar lo era. Todo se había vuelto siniestro. Al salir al frío de la calle, tras una frugal cena y sin tomar las uvas, nos topamos con un pueblo muerto. Sin un alma. Por eso Javier, Eva –su esposa– Carmen Porter y yo, inasequibles al desaliento, nos dedicamos, en la negrura de la noche a desquitarnos con nuestros matasuegras y gorritos de colores, corriendo arriba y abajo, dándonos abrazos, brindando con esperanza por el nuevo año. Lo normal en cualquier rincón del mundo… menos allí, en la aldea de los infelices. Recuerdo, aunque quizá me falle la memoria, que los pocos vecinos que se asomaron a las ventanas nos miraron mal. Muy mal. Éramos el único ruido en el pueblo que dormía a las 0:15. Quizá el único del mundo donde nadie se alegraba de la llegada del año nuevo. ¿Qué misterio era aquel?

Tiempo después descubrí, no sin espanto, que esa aldea perdida de la Toscana, justo esa y no otra, era en 2007 el epicentro de una trama macabra, larga e inimaginable. Muchos vecinos eran aún considerados por las autoridades como sospechosos de los crímenes del Monstruo de Florencia. Una trama digna de Jack el Destripador que nunca fue resuelta del todo. Todos parecían implicados. El farmacéutico, el médico, el dueño de una triste fonda, el menos listo del pueblo, varios comerciantes y no pocos acaudalados jerifaltes locales habían estado envueltos en un rosario de muertes, signos demoníacos y códigos indescifrables que se habían convertido en el suceso más terrorífico del siglo XX en Italia. Muchos culparon a una auténtica secta nacida justo allí. En esas calles, en esa negrura. En ese lugar marcado donde nadie celebraba la Nochevieja. En media Italia se habló, con más o menos pruebas, de un pueblo del horror. Un pueblo en el que todos sabían demasiado en torno a 14 crímenes horrendos.

Carmen y yo regresamos con Cuarto Milenio tres años después. No para celebrar, sino para trabajar y cubrir aquellos escalofriantes acontecimientos. Y al recorrer la calle, al parar de nuevo ante la fonda y al volver a cruzarnos con las miradas de los lugareños, que seguían tan huraños como siempre, tuvimos una extraña sensación. No sabíamos si reír, recordándonos con los antifaces y el confeti, o tragar saliva calibrando el mal trago vivido allí. El pueblo seguía igual. Y quizá alguno, como en un flashazo, nos reconoció como uno de aquellos forasteros que en la peor época osaron hacer algo inconcebible en mitad del silencio, la sospecha y el drama: celebrar la Nochevieja. IKER JIMÉNEZ

LA “BODA SECRETA”

Javier Sierra tiene muchas cualidades que le hacen ser como es, pero voy a destacar dos. La primera: tiene un don que se traduce en que el testigo, sin sospecharlo siquiera, “oportunamente” está allí cuando él llega. Doy fe de ello en varias entrevistas a personajes para nuestra obra conjunta La España extraña (DeBolsillo). La segunda es que sabe dónde estar en cada momento. Recuerdo el día de su “boda secreta” (así tituló la invitación) con Eva, que se celebró un 24 de junio, a las 12 pm, en la mezquita-catedral de Córdoba. Cuando le pregunté por qué había elegido ese preciso y precioso lugar, con tantas reminiscencias históricas y mágicas, me respondió: “¿Conoces mejor sitio que éste para mi propia boda?”. Y por la noche nos sorprendió con otra ceremonia secreta, su boda chamánica en la Hacienda de la Albaida. En ese día y en ese lugar conjugó, como a él le gusta, lo solemne con lo heterodoxo, la tradición con la modernidad, lo secreto con lo público, lo sagrado con lo profano y el nagual con el tonal. Así es él… JESÚS CALLEJO

GRANDES ESPERANZAS, COLMADAS CON CRECES

Mi primer encuentro con Javier tuvo lugar en febrero de 1988. Tras la presentación de la revista Cuadernos de Ufología, de la que yo era entonces uno de los editores, fuimos a tomar algo con un grupo de aficionados (ufólogos) que habían acudido a Madrid con ese motivo. Cuando les pregunté si alguno me ayudaba a ordenar mi enorme y caótico archivo, lo hice mirando intencionalmente a uno de esos jóvenes, cuya inteligencia excepcional destellaba a través de unos ojos vivaces ocultos tras unas grandes gafas; él mismo se ofreció de forma inmediata. Obviamente, fue un flechazo mutuo, premonitorio de 25 años de amistad, repletos de aventuras profesionales, vivencias y viajes compartidos… Ahora me llena de orgullo comprobar que aquel muchacho, en cuya brillantez confié plenamente desde el primer momento, ha ido superando con creces todas mis expectativas, hasta convertirse en el número uno indiscutible, no ya de la divulgación del misterio, sino de la literatura en habla hispana a nivel mundial. ENRIQUE DE VICENTE

Más datos en:

www.javiersierra.com

Clara TahocesLa biografía secreta de Javier Sierra

Comentarios 2

  1. Helena Garcia

    Hola Clara.
    Has sido un gran descubrimiento para mi gracias a la Nave del Misterio.
    Preciosa e interesante entrevista a Javier, a quien leo desde tiempos remotos.
    Enhorabuena.

  2. JAVIER

    Hola Javier ,enhorabuena,soy Javier B,estuviste en mi casa hace muchos años,soy compañero de V Paris,me gustaria mantener contacto contigo,gracias

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