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VUELVE LA MALDICIÓN DE LOS FARAONES
Ya casi se habían olvidado de ella. Ocho décadas después de que el descubrimiento de la tumba de Tutankamón lanzara el fenómeno de la “maldición de los faraones”, los nuevos descubrimientos arqueológicos reavivan esta antigua tradición para sorpresa de muchos egiptólogos. Por: Nacho Ares
“A toda persona que entre con intenciones impuras en esta tumba, le agarraré por el cuello como a un pájaro y será juzgado por el Gran Dios”; “¡Que el cocodrilo en el agua y la serpiente en la tierra estén contra aquellos que hagan cualquier clase de mal contra esta tumba, porque yo no he hecho nada contra él y ellos serán juzgados por dios!”. No resulta extraño que los arqueólogos se encuentren con textos de este tipo sobre las paredes de antiguos enterramientos egipcios. Incluso en las últimas semanas hemos podido comprobar cómo las tumbas de los constructores de las pirámides de Gizeh, recientemente abiertas al público, reunían algunas sentencias similares por las cuales se amenazaba con sufrir una agónica muerte entre las mandíbulas de un cocodrilo sagrado al impío profanador. Después de escuchar las sentencias más de uno se puede pensar dos veces el visitar o no algunos de estos sepulcros. Hallazgos como éste reafirman que la sombra de la magia del antiguo Egipto sigue viva miles de años después. No estamos ante una leyenda ni ante una fábula heredada de las antigua creencias en espíritus o demonios. Su efectividad para muchas personas está más que demostrada a partir de la constatación de las extrañas enfermedades o muertes que han rodeado a algunos de los casos más espectaculares. Y a pesar de que mucha gente ya se había olvidado de ella, los últimos grandes descubrimientos como la mencionada necrópolis de Gizeh o el no menos popular Valle de las Momias de Oro han rescatado este fenómeno; inexplicables accidentes que para los obreros locales solamente pueden explicarse con el retorno de la maldición de los faraones. Mitos, creencias... y muerte Cuando visité el oasis de Bahariya la pasada primavera, tuve la oportunidad de charlar amigablemente con algunos de los inspectores y encargados del trabajo en aquel lugar. El motivo principal de la visita era el poder obtener toda clase de información para el libro que el próximo mes de octubre verá la luz en nuestro país, El Valle de las Momias de Oro . Hablando con Nasri Iskander, conservador principal de las momias del Museo de El Cairo y uno de los encargados del trabajo científico en este lejano oasis de Egipto, fuimos desglosando algunos de los aspectos más interesantes de esta fascinante excavación: el estado de esos cuerpos, cuántos han aparecido, los posibles análisis del ADN para conocer parentescos, su análisis por medio de modernos escaners, los rayos X en algunas momias; en definitiva, toda una aventura arqueológica tras la cual se esconde una absurda trama estatal que intente esconder un número de años de trabajo. Y es que, si bien el hallazgo de Bahariya se hizo público en la primavera de 1999 manifestando que el Valle de las Momia de Oro se había descubierto de forma fortuita en 1996, todo el que se adentre en su investigación puede conocer que en realidad el descubrimiento se llevó a cabo en 1992. Pero lo que nunca hubiera imaginado, ni siquiera en el rincón más optimista de mi imaginación, era una mención por parte de Iskander a la célebre maldición de los faraones. Se trataba de un asunto que no había apuntado en mi cuaderno de viaje. Como investigador de numerosos fenómenos extraños alrededor de la historia del antiguo Egipto, la llamada maldición de los faraones, había sido uno de los aspectos en los que me había detenido en más de una ocasión. Sin embargo, el hallazgo de Bahariya me había parecido tan fascinante y humano desde un principio que jamás había caído en la cuenta de que alguien pudiera relacionarlo con la manida maldición. Minutos más tarde, pensándolo fríamente, no me extrañaba en absoluto la reacción de los obreros. La verdad es que el marco de la excavación del Valle de las Momias de Oro es incomparable. Cada campaña de investigación se descubren decenas de momias engalanadas con los ajuares más espectaculares. Según me comentó Iskander - hecho que luego pude comprobar in situ hablando con Mohamed el Tabi uno de los inspectores jefe de la excavación - en los dos últimos años de excavaciones han sucedido cosas extrañas en los trabajos de Bahariya. No me estoy refiriendo a muertes repentinas en cadena ni a la aparición de figuras fantasmagóricas que hayan causado el pavor entre los trabajadores. Tampoco se ha encontrado una sola inscripción que haga alusión a los males que recaerán sobre aquel que ose perturbar la vida eterna de los que allí han sido enterrados.
La maldición resucita Lo que ha ocurrido en Bahariya es algo afín a muchas excavaciones. Los “accidentes laborales” en Egipto dentro del ámbito de la arqueología son relativamente comunes. El resto lo hace la mentalidad popular. En la inmensa mayoría de los casos las personas que trabajan como peones no tienen absolutamente ninguna formación arqueológica. Son simples obreros de las aldeas cercanas que se dedican al trabajo duro de la arqueología: picar, sacar arena y removerla. Para excavaciones en donde hay que tener contacto con muertos se han tenido problemas para reclutar gente. La razón son los problemas ideológicos que plantea la religión musulmana en cuestiones de este tipo. En otras ocasiones las creencias populares de espíritus y genios relacionados con el Más Allá o los muertos, echan atrás a los obreros a la hora de trabajar en excavaciones como las de Bahariya. A este hecho hace referencia la primera versión que apareció en la prensa sobre el hallazgo del Valle de las Momias de Oro. Según este testimonio, el burro de un muchacho se precipitó en el interior de una tumba. Cuando fue descubierto por su dueño, éste divisó desde lo alto unos paquetes que en un principio identificó como oro. Desde luego que se trataba de oro, pero el oro que recubría a decenas de momias que había en aquella tumba. Según esta versión el muchacho salió despavorido del lugar atemorizado por las leyendas locales que hablaban de los espíritus y los muertos. Nada es lo que ha trascendido a los medios de comunicación sobre este tipo de hechos. Tampoco creo que hayan tenido la relevancia tal como para que hubieran sido dados a conocer y, seguramente, en cualquier caso, las autoridades egipcias ya se hubieran encargado de cubrirlo.
Primeras amenazas Gracias al testimonio de algunas cartas conservadas hasta nuestros días, podemos tener una idea muy clara de la importancia que tenían las maldiciones como herramienta protectora y en ocasiones disuasoria. En el entorno cultural de esta civilización la maldición no tenía por qué venir de la presencia de un texto escrito ex profeso para maldecir. En Egipto existía la creencia de que la aparición de sucesos desafortunados en la vida de una persona provenía de la maldición enviada por un espíritu desde el Más Allá. En algunas de estas cartas, escritas para ser enviadas, literalmente, al otro mundo con el fin de corregir la actitud del difunto contra el vivo, se nos explican las diferentes desgracias sufridas por la persona en su vida cotidiana. El ejemplo más conocido es el de una marido que pregunta a su mujer ya fallecida cuál es la razón por la que desde el Más Allá le hace la vida imposible, si junto a ella fue en vida un esposo ejemplar. Pero, como se ha visto al comienzo del texto, la redacción de las maldiciones solía aludir a la acción justiciera de alguna divinidad, bien el Gran Dios, un cocodrilo, etcétera. En estos casos, la propia acción de la justicia contra todo aquel que fuera descubierto “con las manos en la masa”, podía ser considerado como la propia acción del dios, al ser la justicia en el antiguo Egipto un poder totalmente relacionado con la divinidad. Este uso nocivo de la magia, tan universalizado en el mundo antiguo, ha derivado hasta nuestros días en costumbres tan insólitas como, por ejemplo, el mal de ojo o la reacción de algunas personas ante hechos aparentemente insólitos relacionados con los descubrimientos arqueológicos. Lo que sucede actualmente en Bahariya puede que sean los últimos coletazos de una historia que comenzó de una forma curiosa y que ha trascendido al paso del tiempo en forma de películas, libros y toda clase de supercherías. Y aunque parezca mentira, las maldiciones relacionadas con el Egipto de los faraones son mucho más antiguas que los primeros hallazgos arqueológicos que se realizaron en este país. Desde que los árabes llegaron al Valle del Nilo en el siglo VII, empezaron a correr los primeros rumores sobre la existencia de fórmulas mágicas ligadas a las tumbas de los antiguos soberanos del país que originaban la muerte de quien osara entrar a robar. Incluso creían que las figuras de las paredes cobraban vida para proteger las pertenencias o el cuerpo del propio difunto. En el propio corazón de El Cairo tenemos uno de los mayores ejemplos de maldición, aunque pasa desapercibido para los pocos visitantes que se acercan a este lugar. Me refiero a la mezquita de Ahmed Iben Tulún , el hijo de un esclavo turco que llegó a gobernar en el siglo IX la corte abasí, mandando construir en El Cairo la mezquita más grande hasta entonces conocida. Al estar fuera del perímetro de la ciudad, disponía de todo el espacio necesario. Este edificio es lo único que queda de la antigua capital construida por Iben Tulún. En su afán de magnificencia el oficial abasí ordenó a sus arquitectos hacer un edificio gigantesco en el que cupieran todos los hombres de la ciudad. El deseo de este oficial era realizar una mezquita para la oración del viernes en la que se levantaran grandes columnas. Pero para ello sería necesario emplear algunas de las ya existentes en iglesias cristianas, idea que no agradó a Iben Tulún, por lo que se conformó con servirse de las habilidades de un arquitecto cristiano que le diseñó el plano de la mezquita actual. La mayor parte del edificio está construida de ladrillo, un material que podría resistir tanto los comunes incendios de la ciudad como los terremotos. Otras partes fueron erigidas con piedras extraídas de antiguas construcciones antiguas. Y aquí es donde entra de lleno la maldición de los faraones. La tradición cuenta que la mezquita fue levantada empleando el dinero obtenido de la venta de los tesoros descubiertos en varias tumbas faraónicas. Esta es la razón por la que fue abandonada ya que se decía que allí moraban los espíritus de los reyes de las tumbas violadas. Al parecer, los fantasmas hacían la vida imposible a los que iban a rezar a la mezquita. En cierto modo este impresionante lugar sigue maldito al encontrarse casi abandonado a su suerte. Ahora bien, la idea que nosotros tenemos de la maldición de los faraones no viene de las tradiciones árabes de la Edad Media sino que lo hace de un hecho mucho más moderno acaecido en el primer tercio del siglo XX.
La huella del Aspergillus La maldición moderna se basa en la sucesión de muertes relacionadas con el descubrimiento de una tumba, no con la presencia o no de extraños espíritus. Especialmente, esta corriente sociológica - casi podría denominarse así - nace del hallazgo el 4 de noviembre de 1922 de la tumba de Tutankamón , cuando fallecieron 13 de las 20 personas que asistieron a la apertura oficial de la cámara del sarcófago pocos meses después (ver recuadro). Sin embargo, las primeras pistas que ofrecieron algo de luz para explicar estas extrañas muertes se dieron muy lejos de Egipto. La catedral gótica de Wawel en Cracovia (Polonia), consagrada desde 1359 en honor de san Estanislao , ha sido el lugar de coronación de multitud de reyes y donde descansan las figuras más importantes de la historia de Polonia. En una de sus criptas se encuentran los restos del rey Casimiro III el Grande (1309-1370). En 1973 su tumba fue abierta para que un grupo de arqueólogos realizara los análisis y estudios oportunos de algunos de sus objetos personales - la corona, el cetro y la espada -, así como del propio cuerpo del rey. Lo curioso del caso es que catorce de los miembros del equipo de científicos fallecieron en circunstancias más o menos extrañas. Todos tuvieron un denominador común: la fiebre, los mareos y los problemas respiratorios, algo muy similar a lo que ocurrió en la tumba de Tutankamón. Los trabajos se realizaron sin guantes ni máscaras protectoras por lo que los arqueólogos tuvieron un contacto directo con los objetos que analizaban. Después de haber efectuado los análisis oportunos la cripta fue bendecida y vuelta a cerrar por el entonces cardenal de Cracovia, Karol Wojtyla , más tarde Juan Pablo II . Apenas un meses después de la finalización de los trabajos, habían muerto por motivos respiratorios cuatro miembros del equipo. En 1985 solamente quedaban dos supervivientes de lo que ya se denominaba la “maldición del rey Casimiro”. Uno de los dos investigadores que había conseguido salvar la vida, el profesor B. Smyk , decidió iniciar personalmente una investigación sobre las posibles causas de las muertes de sus compañeros doce años atrás. La conclusión a la que llegó fue muy similar a la del biólogo egipcio Eldin Taha con respecto a las tumbas egipcias (ver recuadro). Smyk descubrió que en los objetos del rey Casimiro había una presencia notable del hongo Aspergillus niger el mismo que el doctor egipcio había señalado como el culpable de las muertes de los arqueólogos. Smyk descubrió, además, que en el propio fémur del rey había hongos del tipo Aspergillus flabus , más venenoso incluso que el Aspergillus niger . El doctor polaco, que durante la época de las investigaciones en la cripta de Casimiro llegó a sufrir fuertes dolores de cabeza y mareos, concluyó su estudio afirmando que la causa de la muerte de sus compañeros había sido el contacto directo con hongos del tipo Aspergillus . Charlando sobre esta posibilidad médica que explicara la maldición de los faraones con varios microbiólogos, éstos me confirmaron algunos detalles curiosos. Cada vez que se realiza algún tipo de obra en un hospital, se cierra totalmente el lado que se encuentre en obras debido a que el Aspergillus se propaga con virulenta rapidez gracias al polvo de los escombros. Este detalle me hizo recordar un momento de la excavación de la tumba de Tutankamón. En la apertura oficial de la cámara del sarcófago en febrero de 1923, los arqueólogos, pico en mano, derribaron el muro que separaba la antecámara de lo que luego resultaría ser la cámara funeraria. Imaginémonos la cantidad de polvo que debió de producirse en tal operación y con qué fuerza debió de atacar a los presentes. No en vano 13 de los presentes murieron, muchos de ellos por problemas respiratorios perfectamente achacables al Aspergillus . La pregunta que todo investigador se hace después de escuchar las posibilidades que ofrece esta teoría parece clara, ¿conocían los antiguos sacerdotes egipcios la existencia y efectividad del hongo Aspergillus ? Si bien ningún texto faraónico hace alusión a las afecciones de tipo respiratorio relacionadas con estas maldiciones, la posibilidad de que los sacerdotes conocieran la existencia de estos microorganismos no deja de ser estremecedora. Sin embargo, la hipótesis del Aspergillus no es la única que ha adquirido cierto peso específico entre las cuatro grandes teorías que se han barajado para explicar las muertes de los excavadores de tumbas egipcias (ver recuadro). Otra de ellas es la que relaciona los síntomas de los enfermos con la posible presencia de elementos radioactivos en los antiguos monumentos egipcios.
Marcados por la radioactividad Empujado por esta sugerente posibilidad, en el verano de 1999 permanecí un mes en Egipto intentando buscar alguna prueba de radioactividad en alguno de sus monumentos. Para ello me llevé un dosímetro operacional de lectura directa, de la marca Siemens, - un aparato similar a un contador de tipo geiger - que anota automáticamente en la memoria cualquier ascenso de la radioactividad. Al mismo tiempo, en mi cuaderno debía escribir la fecha y hora del momento de entrada a un lugar así como el resultado de la medición antes y después de salir del templo o tumba. Las mediciones fueron tomadas en numerosos monumentos de Egipto como las grandes pirámides, los templos de Luxor y por su puesto la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, entre muchos otros lugares. En todos ellos la estancia superó los 30 minutos, tiempo suficiente para que, de existir algo anómalo, el aparato lo registrara. Al regresar a España el ordenador comprobó que el dosímetro no había medido más que los niveles normales de radioactividad natural que puede haber en el ambiente de estos lugares. Algo similar han reflejado en los últimos años los estudios realizados en la meseta de Sakkara por varios investigadores canadienses y egipcios. En algunos monumentos de esta planicie, como el Serapeum, las mastabas de Ti , Mereruka y Ankhmahor , las pirámides de Sekhemkhet y Teti y las catacumbas de los íbises sagrados, no registraron niveles altos fuera de lo común en edificios de estas características. Siempre de origen natural, sí encontraron algunos niveles considerados levemente dañinos para una persona que se expusiera durante largos períodos de tiempo en ese lugar, como por ejemplo trabajadores u obreros que desarrollan su trabajo durante varios meses, pero no para las personas que de una forma esporádica visiten el monumento. De todos modos, Aspergillus, radioactividad o magia, nadie puede negar la existencia de un extraño fenómeno capaz de producir la muerte a muchas personas relacionadas con la excavación de tumbas egipcias. Los egiptólogos en más de una ocasión han arremetido contra esta idea hablando de supercherías o de simples casualidades. Pero la prueba definitiva que demuestra la existencia de la maldición es que los propios egiptólogos se han encargado de investigar los acontecimientos que han rodeado a estas misteriosas muertes; una forma muy clara de reconocer que realmente hay algo detrás de todo. Y es que, sin lugar a dudas, ellos mismos tienen miedo.
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Tutankamón y la Maldición de Osiris La idea moderna de la maldición de las tumbas egipcias nace en la década de los años 20 de nuestro siglo, debido a la repentina muerte de varias de las personas que estuvieron de alguna forma vinculadas con la tumba de Tutankamón. Salvo el caso de Lord Carnarvon , patrocinador de la excavación, bien es cierto que tanto el propio descubridor, Howard Carter , como su numeroso equipo nunca sufrieron, aparentemente, el efecto de la maldición. Algunos de ellos superaron incluso los 80 años de edad. Pero tampoco hay que negar que numerosas personas que se acercaron a visitar la tumba y fallecieron poco tiempo después en extrañas circunstancias. El hermano de Lord Carnarvon, Aubrey Herbert , murió de repente en septiembre de 1923; el egiptólogo francés Georges Bénédite murió por una afección respiratoria tras visitar la tumba; el ayudante de Carter, Richard Bethell , murió en extrañas circunstancias en 1929. El padre de éste, Lord Westbury , se suicidó al conocer la noticia de la muerte de su hijo, y mientras transportaba el cadáver hacia el cementerio, el coche fúnebre atropelló a un niño de ocho años. El propio director del Servicio de Antigüedades, Arthur Weigall falleció de unas extrañas fiebres. Y así hasta un total de 13 personas. Curiosamente todas ellas asistieron a la apertura oficial de la cámara funeraria de la tumba en febrero de 1923.
********* Cuatro explicaciones científicas El estudio de las maldiciones en Egipto es amplísimo y las teorías que se han propuesto para su explicación, no menos curiosas. No hay más que echar un vistazo al libro de Philipp Vandenberg , La Maldición de los faraones , para tener un espectro amplísimo de las hipótesis presentadas, y que van desde la simple casualidad hasta el pensamiento más retorcido. En esta ocasión, siguiendo los preceptos del profesor Reverte Coma , médico forense y antropólogo de la Universidad Complutense de Madrid, no vamos a quedar con las cuatro teorías más aceptadas por la comunidad científica.
a. Radioactividad Científicos de Oak Ridge (EE.UU.) observaron que muchos arqueólogos presentaban mareos, vahídos o pequeñas enajenaciones, es decir, síntomas muy similares a los de las personas que han permanecido en contacto con elementos radioactivos. Posiblemente los antiguos egipcios al extraer el oro de sus minas también pudieran hacerse con algunos elementos como el uranio y el torio, fáciles de encontrar en estas minas. Para algunos científicos, los sacerdotes podrían haber cubierto con uranio el suelo de sus tumbas.
b. Veneno Los sacerdotes dejaron el veneno en unos recipientes y el tiempo hizo el resto. La tumba se cargaría de un ambiente nocivo que podría permanecer latente con el paso de los siglos. Sabemos que los antiguos egipcios conocían el ácido prúsico o cianhídrico, disolución acuosa del cianuro de hidrógeno. Esta sustancia consistía en un gas que se extraía de los huesos del melocotón. U nos pocos miligramos pueden ser mortales para un ser humano ya que bloquea la capacidad de las células para utilizar el oxígeno provocando la asfixia casi inmediata.
c. Histoplasmosis Se trata de una enfermedad producida por los gérmenes que se desarrollan en los excrementos del murciélago o en sustancias en descomposición. Hay dos variantes. La primera genera un simple catarro bronquial con fiebre que se cura en pocos días. La segunda forma es más grave y también más rara. Ataca especialmente a personas que ya han padecido algún proceso pulmonar grave que ha debilitado su sistema respiratorio. A pesar de todo, con la medicación moderna la muerte no supera el 1 por ciento de los casos estudiados.
d. Aspergillus Hipótesis propuesta por el doctor Ezz Eldin Taha , biólogo de la Universidad de El Cairo en 1962. La presencia de este hongo deriva de la descomposición de tejidos orgánicos. Es la teoría más aceptada. A pesar de ser terriblemente venenoso, la fermentación del azúcar por el Aspergillus Niger es la principal fuente de obtención del ácido cítrico, empleado como aditivo en bebidas y alimentos para darles un agradable sabor ácido.
Este reportaje ha sido publicado con el permiso expreso de su autor. Volver a inicio |