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EL ZOO INTELIGENTE LO QUE QUEDA POR DESCUBRIR
Expresan sentimientos y emociones, desarrollan lenguajes complejos y algunos muestran signos inequívocos de inteligencia. Hay chimpancés y ballenas que poseen sus propias “culturas” diferenciadas, elefantes que tienen un cierto sentido de la muerte y mascotas telépatas. Y lo que es más: muchos sostienen que determinados primates y los delfines tienen conciencia de sí mismos. La ciencia no ha hecho más que comenzar a introducirse en el misterioso mundo de los animales y, por el momento, ellos no dejan de sorprendernos. Por: Carmen S. Fraile Estábamos en el zoo de Madrid observando a una pareja de gorilas que se encontraba en su “habitación de invierno”, un recinto separado de los visitantes por gruesos cristales. Mi hermana, Eva, consiguió con sus gestos llamar la atención del macho, que no sólo la miraba fijamente, sino que la seguía una y otra vez mientras ella caminaba de uno a otro lado tras los cristales. Así estuvieron por lo menos media hora. Cuando Eva se cansó de su “experimento”, se dio media vuelta, de manera que quedó situada de espaldas a los gorilas. En ese momento la hembra -que había permanecido quieta en un rincón del recinto, aunque sin perder detalle- se dirigió hacia ella con furia y golpeó el cristal varias veces con mucha agresividad. ¿Qué la empujó a reaccionar de esta forma? Yo diría que se trató de una justificada reacción de celos. Amigos para siempre¿Pueden dos cuadrúpedos a los que no une lazo familiar alguno hacerse amigos? El caso de Ackam y Alle, dos caballos de circo, así parece confirmarlo. Ambos vivían en la misma cuadra cuando el primero murió inesperadamente. Desde aquel día Alle apenas volvió a probar bocado, casi no podía dormir y, en contra de sus costumbres, relinchaba continuamente. Fueron dos meses de aparente sufrimiento, porque finalmente murió sin causa que lo justificara. O tal vez sí. Tal vez murió de pena. “Nunca más dudaré de que un animal puede tener emociones que nosotros pensamos que son exclusivas de nuestra especie.” La bióloga Marcy Cottrell Houle se muestra tajante respecto a la capacidad de muchos animales para experimentar emociones tan “humanas” como la tristeza. Porque Cottrell está convencida de que eso es precisamente lo que sintió el macho de una pareja de halcones peregrinos que había estado observando durante una larga temporada. Una mañana, cuando Arthur -el macho- acudió al nido, Jenny -la hembra- no estaba esperándole como de costumbre. Arthur la llamó repetidamente y escudriñó varias veces el interior del “hogar” que compartían... pero nada. Así transcurrieron tres largas jornadas hasta que, al tercer día, Arthur “emitió un grito que parecía el gemido chirriante de un animal herido, el grito de un ser que sufría”. Sólo al quinto día reinició su actividad habitual en busca de comida para sus polluelos. Poco después se supo que probablemente Jenny había sido cazada. Elefantes altruistasHoy son cada vez más los expertos que, como Marcy Cottrell, consideran que, más allá de las meras conductas de adaptación y supervivencia, los animales tienen emociones y sentimientos. Un cambio de mentalidad que estos seres se han ganado a pulso, pero al que también han contribuido decisivamente los estudios realizados por investigadoras como Jane Goodall o Cynthia Moss, ambas conocidas, respectivamente, por su labor con los chimpancés y los elefantes. Sus inicios, tal y como ha confesado la propia Goodall, no fueron fáciles: “Me acusaban de atribuir características humanas a animales no humanos y, por ende, de ser culpable del más grave de todos los pecados etológicos: el antropomorfismo”. Y es que durante mucho tiempo las biólogas de campo estuvieron muy mal vistas por sus colegas masculinos, que pensaban que la excesiva emocionalidad femenina podía “contaminar” los datos de las investigaciones. Los más sobrecogedores ejemplos de sentimiento animal nos los han proporcionado los elefantes. El caso de una familia africana que -en contra de lo que las leyes de la supervivencia aconsejarían- viajaba sumamente despacio porque uno de sus miembros tenía una pata fracturada, así como el de otro grupo que hizo lo mismo para permitir que una de las hembras pudiera transportar a su cría muerta, constituyen un desafío para los investigadores de la conducta animal. Como también lo es el ejemplo de Ma Shwe, una hembra de elefante que vio cómo las aguas de un río en Birmania se llevaban a su cría. No lo pensó dos veces: se zambulló en el río, atrapó al pequeño y lo depositó sobre un saliente. Después, arrastrada por la corriente, desapareció ante la atónita mirada de J. H. Williams, el director del campamento de elefantes. Sorprendentemente Ma Shwe reapareció a lo lejos y mientras corría al encuentro de su pequeño, al que aún creía en peligro, emitió, en palabras de Williams, “los más estremecedores sonidos de amor materno que recuerdo haber oído”. Pero cuando comprobó que la cría estaba a salvo “sus barritos dieron paso al ruido sordo que suelen emitir los elefantes cuando están contentos”. Desde luego, se trata de un ejemplo muy ilustrativo en el que el amor materno parece haber ganado la batalla al mero instinto de supervivencia. Y es que, tal y como afirma el periodista Jeffrey M. Masson, autor de un libro en el que recopila abundantes ejemplos que, como los anteriores, demuestran que los animales son capaces de sentir emociones como el dolor, el amor, el miedo, la maldad, la tristeza o la soledad, “que una conducta sirva para sobrevivir no significa por fuerza que ésta sea su razón de ser”. En Los elefantes también lloran Masson y Susan McCarthy explican que “las sendas físicas de las emociones humanas se cuentan entre las más primitivas, lo cual contradice la arraigada creencia de que las emociones son el fruto exclusivamente humano de nuestras incomparables facultades”. Y proporcionan una muestra infinitamente amplia de casos que corroboran su hipótesis sobre la capacidad de los animales para sentir y expresar emociones. Uno de ellos corresponde a la pareja de perros huskies formada por María y Misha. Cuando sus dueños decidieron regalar al segundo, “María permaneció junto a la ventana varias semanas, con la cola hacia dentro, mirando y esperando. Perdió su aspecto radiante y se deprimió. Era más dada a enfadarse y nunca se recuperó”. En nuestro país se han producido sucesos más inexplicables, como el de Canelo, un perro de Puerta del Mar, Cádiz, que estuvo siete años acudiendo al hospital donde había muerto su dueño; o el de Calcetines, que vivió siete largos meses de angustia junto al centro médico de Xeral-Calde, en Lugo, donde también había fallecido su mejor amigo humano. Síntomas de inteligenciaPero el hombre no sólo comparte con los animales el sistema límbico responsable de las emociones al que hace referencia Masson, sino que muchas especies disponen de una corteza cerebral verdaderamente privilegiada. La corteza cerebral o córtex es la zona del cerebro implicada en la producción de asociaciones nuevas, un claro síntoma de inteligencia. El córtex está formado por numerosos pliegues; si los extendiéramos, el nuestro ocuparía bastante menos que el de un delfín: cuatro folios frente a seis. El de los chimpancés llenaría un folio y el de las ratas un miserable sello. No es de extrañar, por tanto, la afirmación del zoólogo Marcial Beltrami: “Los mamíferos con mayor inteligencia –aparte del hombre- son los chimpancés y los delfines. Ambos poseen estructuras cerebrales complejas, que en la escala evolutiva los ponen cerca del ser humano”. Por su parte, el investigador Guillermo Cotera H. va más lejos al afirmar que “el pensamiento humano es, en términos generales, una forma heurística que mediante estrategias simples puede llevar rápidamente a una solución o a ninguna... Y puede usar la experiencia revisando procesos semejantes para resolver problemas similares. Este mismo tipo de inteligencia se puede observar en animales como los chimpancés, que desarrollan estrategias para alcanzar algún objetivo...”. Y tanto. En 1920 W. Köhler observó cómo un chimpancé se las ingenió para llegar hasta el racimo de plátanos que, fuera de su alcance, colgaba como “señuelo” en el techo de su jaula. El animal apiló varias cajas que Köhler había puesto en el recinto, se subió sobre ellas y cogió el codiciado manjar. Después, en otra prueba, hizo lo mismo con tubos huecos, ensamblándolos uno a uno. ¿Con qué adjetivo calificar este comportamiento? “Inteligente” es, desde luego, el primero que viene a nuestra mente. Lenguajes “prestados”... Otro de los signos de inteligencia que algunas especies comparten con nosotros es el lenguaje. Los chimpancés, por ejemplo, emplean habitualmente más de treinta voces para referirse a otros tantos significados. Y debidamente entrenados algunos han aprendido a expresarse mediante el Lenguaje de Señas Norteamericano (ASL). Es el caso de Koko, una hembra de gorila entrenada en la Universidad de Stanford que, con un cociente intelectual de 90 (la media humana es de 100), utiliza correctamente 645 signos ASL, combinándolos de dos en dos y de tres en tres. O el de la chimpancé pigmeo Kanzi, que según sus adiestradores “entiende el lenguaje humano como lo haría un niño de dos años y medio” y puede interpretar oraciones absolutamente nuevas para ella, como “Vete al despacho y trae la pelota roja”. También el chimpancé bonobo Panbanisha provocó la curiosidad de los experimentadores del Centro de Investigación del Lenguaje de la Universidad de Georgia, Atlanta (EE.UU.), al seleccionar en un teclado los siguientes símbolos: “pelea”, “furioso”, “Austin”. Después comprobaron que, efectivamente, en un edificio cercano dos chimpancés (Austin era uno de ellos) habían mantenido una agria disputa. No son sólo los primates quienes pueden llegar a entender lenguajes como el ASL. Hay delfines que también lo hacen. Louis M. Herman, de la Universidad de Hawai, ha enseñado a uno de estos animales a reconocer cuarenta verbos y sustantivos. Así, Akeakamai obedece perfectamente la orden “Coge la tabla de surf y luego el aro”, y la diferencia sin problema de esta otra: “Coge el aro y luego la tabla de surf”. Pruebas similares se han efectuado con lobos marinos, algunos de los cuales identifican hasta 25 signos. Sin olvidar las 50 órdenes que interpretan los perros adiestrados (hasta 150 en el caso de los perros policía) o la opinión generalizada que los dueños de estas mascotas tienen sobre sus capacidades comunicativas: el 70% opina que la comunicación es mejor con sus animales de compañía que con ciertas personas. También el conocido caso del loro gris africano Alex, capaz de distinguir y relacionar correctamente 50 objetos, 7 colores y 5 formas distintos, ha puesto de relieve que la capacidad de aprendizaje y entendimiento de esta especie no tiene nada que envidiar a la de los chimpancés y algunos mamíferos marinos. ...y lenguajes propios Pero sin duda el lenguaje que mejor manejan los animales es el suyo propio. Los monos africanos vervet, por ejemplo, emiten cierto tipo de gritos cuando quieren alertar sobre algo. Ahora bien, su nivel de insistencia es mayor si el destinatario del aviso es un familiar cercano, mientras que se callan sibilinamente cuando el peligro amenaza a un rival. Los cetáceos, por su parte, se comunican mediante sonidos que sirven para indicar tanto la presencia de alimentos o predadores como su propia identificación y posición dentro del grupo. A este respecto, recientemente se ha descubierto que entre los cachalotes cada ejemplar produce señales únicas (individuales) que se diferencian por su ritmo de emisión: una especie de “firma acústica”, que al parecer también poseen los delfines. Algunos expertos opinan, incluso, que estos últimos “se llaman por su nombre”, mientras que otros, como Igor Tcharkovski, defienden sus cualidades “telepáticas” para comunicarse con los seres humanos. Las investigaciones más recientes se han centrado en los elefantes, que emiten señales subsónicas (de baja frecuencia, imperceptibles por el oído humano) a través de las cuales se comunican a largas distancias. Y este mismo año Caitlin O’Connell-Rodwell, de la Universidad de Stanford (EE.UU.), ha descubierto que las pisadas de estos paquidermos retumban de tal forma que pueden ser captadas –posiblemente mediante las uñas de los pies- por ejemplares que se encuentran hasta a 32 kilómetros de distancia. De este modo se “saludan” o se avisan de posibles peligros.
Chimpancés: las otras “culturas” de África La transmisión intencionada de conocimientos útiles y el uso de herramientas son considerados como síntomas de cognición superior en los primeros estadios evolutivos de nuestros antepasados. Síntomas de los que han dado buena muestra algunas especies animales, sobre todo los primates. “La capacidad de enseñar a hacer algo a otro individuo de la especie –indica el psicobiólogo Fernando Colmenares- sólo se ha detectado en algunos carnívoros como los gatos, leones, guepardos o tigres; en aves rapaces como los halcones, y en primates.” Sin embargo –matiza- “sólo estos últimos parecen enseñar a sus crías intencionadamente”. Y no sólo eso: un estudio basado en la observación de diversas comunidades de chimpancés africanos ha puesto de relieve que estos animales poseen sus propias variaciones “culturales”, que son transmitidas de generación en generación mediante el aprendizaje intencionado. De hecho, los científicos responsables de la investigación han detectado en estos grupos 39 patrones de comportamiento diferentes, relacionados sobre todo con el uso de herramientas, los métodos de acicalamiento y las estrategias de cortejo. Así por ejemplo, mientras los miembros del grupo de Taï colocan a los parásitos sobre el antebrazo para aplastarlos con el dedo, los de Gombe los estrujan contra las hojas y los de Budongo los escudriñan sobre las hojas y después se los comen o los desechan. “En general –dice Jane Goodall, que ha participado en este estudio-, cada comunidad misma tiene una historia que es tan fascinante como la de una comunidad humana. Incluso sus tradiciones y hábitos pasan de una generación a otra.” Hasta tal punto esto es así que resulta posible identificar el grupo al que pertenece un ejemplar determinado sólo observando su comportamiento. La papilla de Linda Los investigadores de la Universidad Autónoma no tuvieron que desplazarse a África para corroborar la capacidad de aprendizaje de los chimpancés, que comprobaron en el mismo zoo de Madrid. Allí Linda, una hembra de esta especie que carece de dientes (había sido utilizada como señuelo por un fotógrafo desalmado), se las ingenió para triturar su comida diaria de tal forma que le fuera más fácil ingerirla. El resultado: una sabrosa “papilla” que al parecer causó sensación entre sus compañeros de jaula. Y es que ahora todo el grupo, salvo el macho dominante, disfruta de tan singular combinación culinaria. Han “aprendido” de Linda en una experiencia que, según el profesor Samuel Fernández-Carriba, experto en primates de la Autónoma, constituye “una evidencia más de que tal vez los seres humanos no seamos tan originales ni especiales como siempre hemos pensado”. De igual forma, un grupo de macacos de la isla de Koshima (Japón) aprendió de otra hembra joven cómo lavar las patatas en el agua antes de llevárselas a la boca. Un conocimiento que ha sido trasmitido a generaciones posteriores. Otros indicios de aprendizaje “cultural”Aunque no tan acusados –o tal vez no tan estudiados-, otras especies animales también presentan ciertos signos de transmisión “cultural”. Las ballenas, por ejemplo, tienen dialectos distintos y cazan de formas diversas dependiendo de su pertenencia a uno u otro grupo. Y según un estudio de la Universidad de Dalhousie (Nueva Escocia, Canadá), las hembras de especies como la piloto o la asesina enseñan a sus hijas información que resulta útil para la familia, como determinados métodos de alimentación. Curiosa resulta también la estratagema aprendida por las abejas japonesas para deshacerse de sus enemigos, los avispones: les rodean entre unas quinientas hasta generar el calor necesario (47ºC) para acabar con ellos. Una estrategia que sin embargo las abejas europeas –presa fácil de estos adversarios- no conocen. Sentido de la muerte y autoconciencia “Se colocan de espaldas al elefante muerto, las trompas colgando fláccidamente hasta rozar el suelo. Puede que al cabo de un rato toquen el cadáver con la trompa y de nuevo den vueltas a su alrededor, y que luego se detengan otra vez, y se coloquen de espaldas a él (...) A veces arrancan ramas y hierba de los alrededores y las depositan en torno al cadáver.” Cynthia Moss describe así la “ceremonia” que desarrolla una manada de elefantes cuando uno de sus miembros muere. Ella, que lleva años estudiando a estos animales, está convencida de que, de alguna manera que aún no comprendemos, los elefantes tienen su propio concepto de la muerte. ¿Por qué si no las hembras cargan varios días con sus crías muertas? ¿Y por qué el resto de la manada protege a ambas, formando una especie de cortejo fúnebre a su alrededor? Emociones, lenguaje, inteligencia, sentido de la muerte... ¿qué más les queda? No existe consenso al respecto, pero algunos investigadores creen que determinadas especies animales tienen... ¡consciencia de sí mismos! Quienes así opinan basan su afirmación en las pruebas de reconocimiento ante el espejo que se han realizado con primates. El experimento consiste en marcar con tinta la cabeza del animal y observar si frente a un espejo se reconoce o no. Las pruebas han resultado positivas –en distintos grados- tanto con chimpancés como con orangutanes y gorilas, lo que demostraría cierto grado de autoconciencia. Pero recientemente investigadores del Acuario de Nueva York han efectuado este mismo ensayo con delfines. Y sus conclusiones han sido realmente asombrosas: “De repente –dijo Diana Reiss, de la Universidad de Columbia- tenemos que tirar todas nuestras teorías por la borda, puesto que los delfines también se reconocen”. Tal vez tenga razón. Tal vez debamos desechar de una vez por todas nuestros prejuicios con respecto a los animales y dedicar más esfuerzos a su estudio. Porque si algo está claro es que cada nueva investigación nos sumerge más en un mundo tan fascinante como alejado del antropocentrismo que nos caracteriza. Este reportaje ha sido publicado con el permiso expreso de su autor. Volver a inicio |