ENTERRADO VIVO

Por: Manuel Moros Peña

Es el mar más hermoso que he contemplado jamás. De un color turquesa al que el sol del mediodía arranca brillantes destellos. Me sumerjo en sus aguas claras y, en sus profundidades, descubro maravillado una bandada de peces con fosforescencias azules que se escabullen rozándome las rodillas. Después me dirijo al bungalow y me instalo en el comedor de grandes ventanales con vistas al océano. Tengo la piel tirante a causa de la sal y el sol y me siento brutalmente vivo. No pienso en nada, sólo contemplo el ir y venir de las olas. Eleonora, mi amada, entra en la estancia. Parece iluminada por su propio fulgor, del cual el magnífico día es apenas un triste reflejo. Es alta, con un talle y una porte dignos de una diosa. Sus cabellos rubios, brillantes por el sol, se deslizan por sus sienes como estelas doradas, como los senderos abiertos en el cielo de la noche por dos estrellas fugaces gemelas. Sus ojos verdes llenos de vida, de ardor, radiantes y serenos, evaden mis palabras. Una dentadura perfecta, blanquísima, resplandece en su eterna sonrisa. Como única vestimenta luce sobre su piel tersa y bronceada un delicado pareo primorosamente bordado. Entre sus pechos, desafiantes y de pezones rosados, cae un collar de hileras de perlas de un tono idéntico a su cabello. Su mera presencia ahoga mis frases más ardientes con su esplendor. Pienso que soy el hombre más afortunado del mundo.

De pronto, me despierta el rumor de un grave zumbido, pero no puedo moverme, ni abrir los ojos. Siento como si me hubiera despertado de un sueño monstruosamente largo, y aunque todavía tengo el cerebro embotado, me parece como si las telarañas que durante tanto tiempo lo han recubierto, estén comenzando a ser parcialmente retiradas. Experimento una profunda sensación de desconcierto. Necesito pensar, pensar… ¿Qué me ha pasado? Haciendo un agotador esfuerzo mental, intento recordar. Recuerdo la enfermedad. La terrible peste, la Muerte Negra que desde Nueva York se había extendido por todo el país. Se habló de un ataque con armas biológicas. La CNN nos dijo que los terroristas habían soltado miles de pulgas infectadas por la bacteria llamada Yersinia Pestis en la Gran Manzana. Varios grupos se apresuraron a atribuirse la autoría, como siempre. Pero como ocurrió en el año 2001 con el ántrax, todos teníamos serias dudas sobre quiénes y con qué propósitos habían desatado el horror.

Había sido tan simple como inocular unas cuantas ratas en el laboratorio con la Yersinia . Después , se ponen en contacto con pulgas hambrientas. La pulga pica a la rata enferma e ingiere sangre con bacilos. Estos, en el interior del insecto, se multiplican espectacularmente y obstruyen una minúscula bolsa situada sobre su esófago, llamada proventrículo. Esta ocupación elimina el mecanismo de succión de la pulga, y le impide alimentarse; de tal manera que la pulga hambrienta pica una y otra vez, pero incapaz de ingerir sangre, regurgita e inocula los gérmenes de su aparato digestivo. Los bacilos penetran por la herida que la pulga ha producido en la piel y de esta forma se propaga la infección entre hombres y animales.

Cuando la Yersinia pasa al torrente circulatorio del ser humano produce fiebre elevada, escalofríos. náuseas, sed y sensación de agotamiento y angustia grandes. Al acantonarse en los ganglios linfáticos, aparece el bubón , bultos que pueden alcanzar el tamaño de un huevo, bajo las axilas y las ingles. Cuando la infección es masiva, sobreviene la septicemia , en forma de hemorragias cutáneas por todo el cuerpo, con grandes zonas de extravasación de sangre que por su color negro azulado hicieron que se llamara a la plaga la Muerte Negra. Habitualmente , el enfermo fallecía al tercer día.

Una vez infectado el ser humano, la peste era terriblemente contagiosa. Al inhalar partículas con el bacilo, inmediatamente aparecía fiebre alta, ahogo, tos y esputos sanguinolentos. Quienquiera que tocase a un infectado o a un muerto se infectaba inmediatamente y moría. Los padres arrojaban a los hijos enfermos a las calles, los moribundos eran abandonados y no había bastantes supervivientes para enterrar a las víctimas de la plaga. Hombres , mujeres y niños vagaban por las calles, como un ejército de muertos vivientes, chillando por el dolor que les producían los abscesos y las hemorragias. La fiebre inflamaba el cerebro y muchos morían enloquecidos. Ciudades enteras fueron abandonadas y las carreteras y los campos se llenaron de cadáveres. Se calculaba que en un año, la población de Estados Unidos sufriría la pérdida de un número comprendido entre la mitad y las tres cuartas partes de sus componentes.

Yo era médico. En aquel año de 2020 trabajaba para la delegación en Boston del Centro para el Control de las Enfermedades Contagiosas. Pronto se acabaron los antibióticos y llegó un momento en que nuestro trabajo quedó reducido a enterrar el mayor número posible de cadáveres para evitar que las ratas los devorasen y siguieran transmitiendo la plaga.

Pensar… pensar… Recuerdo que iba con varios compañeros en la furgoneta, enfundados en trajes aislantes, contemplando el horror a través de nuestras máscaras. Había muertos por todas partes, sirviendo de alimento a ruidosas hordas de ratas. Varios edificios estaban en llamas. Grupos de saqueadores se habían dedicado a robar todo lo de provecho de las casas abandonadas, desvalijar a los cadáveres y atracar a los escasos supervivientes que se aventuraban a transitar las desiertas calles. La ciudad era un caos. En el 55 de Fruit Stret , frente al Hospital General de Massachusetts había al menos cien cadáveres contorsionados, muchos de ellos agolpados delante de las puertas que conducían a la entrada principal de la sala de urgencias, donde los desdichados habían acudido en un desesperado intento de conseguir la tan ansiada dosis de antibiótico. Dos ambulancias yacían volcadas con las ventanillas destrozadas. Paramos el vehículo y bajamos. Aquello era un hervidero de ratas. Formaban con sus dorsos encorvados, corriendo por encima de los muertos, una masa fluida y serpenteante. Algunas se apartaban a nuestro paso, pero la mayoría permanecían quietas y desafiantes, sabedoras de que ahora, ellas eran las dueñas de la ciudad. Me horrorizó ver que algunos cuerpos estaban llenos de agujeros de un color negro rojizo y que otros mostraban claros signos de haber sido apaleados. Aparté el primer cadáver y entonces la vi. Decenas de moscas corrían por su cara, llena de manchas negras, zumbaban a su alrededor y se posaban en sus párpados, en las ventanas de su nariz y en su boca, de la que rezumaba un fluido parduzco y espumoso. El rictus de la muerte pintaba una sonrisa en su rostro. Tenía levantada la falda y un gran charco de sangre negra, coagulada, se extendía bajo su pelvis. Me sentí morir. Era mi amada Eleonora. Aquella misma mañana la había dejado en nuestro ático, donde almacenábamos suficiente agua y comida como para resistir varios meses. ¿Cómo había llegado hasta allí? El dolor me hizo desear morir. Proferí un grito espantoso y sentí que las fuerzas me abandonaban. Es lo último que recuerdo.

Una idea espantosa comienza a formarse en mi mente. Sin duda, sufrí un shock y mis compañeros me creyeron muerto. Me han enterrado vivo .

La idea de sufrir un tormento indecible antes de que llegue la verdadera muerte me resulta insoportable. Me refugio en la posibilidad de que, tal vez, mi espíritu se resiste a abandonar mi envoltura carnal. Pero no. Aunque no puedo moverme, oigo mi respiración y siento mi corazón latir. Sin duda, no estoy muerto. Me han enterrado vivo. ¿Qué va a ser de mí? ¿Moriré asfixiado? Por el momento no me falta el aire, pero tengo la garganta insoportablemente seca. Tengo mucha sed. Esto me asusta más que la falta de aire. Una vez, durante la Gran Guerra estuve dos días sin beber. Todavía recuerdo los sufrimientos que experimenté. En la facultad nos enseñaron que un ser humano puede vivir cinco días sin beber, y cuarenta sin probar bocado. Prefiero morir de sed. Me llenan de horror las historias que leí en antiguos libros sobre la masticatione mortuorum . Philip Rohr en su Dissertatio Historico-Philosophica de Masticatione Morturom , en 1679, y Michael Ranft en su De Masticatione Mortuorum in Tumulis Liber , publicado en 1728, recogieron las historias sobre enterrados vivos que terminaban devorando sus mortajas e incluso sus dedos y brazos, enloquecidos por el hambre.

Espero no llegar a eso. Espero no enloquecer antes de que mis fuerzas retornen y consiga salir de este maldito agujero. Muchos lo han conseguido antes que yo. Como el protagonista del relato La mort d´Olivier Bécaille , de Emile Zola. Olivier consiguió sobreponerse a su tragedia y extraer un clavo del féretro, con el que hizo un corte profundo en la tapa. Tras volverse boca abajo, logró partirla de un extremo a otro y usarla como un escudo para trepar al exterior. Eso es lo que debo hacer. Primero, debo recuperar el control sobre mi cuerpo. Pero, ¿merece la pena tanto esfuerzo? ¿No es mejor morir ahora, aunque sea de esta forma horrible, que soportar la angustia eterna de una vida sin mi amada? Su recuerdo, en aquella pila de cadáveres me perseguirá durante toda mi existencia. Pero ¿y si no fuera ella? Llevaba varios días sin dormir, contemplando el horror en todas sus formas. Todo ello puede haberme producido alucinaciones. Tal vez aquello que vi fue sólo la exteriorización de mis miedos más profundos. Tal vez sólo imaginé que aquella pobre chica era mi amada. ¿Cómo podía ser ella si aquella mañana la había dejado en casa, tan hermosa como siempre? ¿Cómo en apenas seis horas podía exhibir en su cuerpo las señales de la peste que habitualmente tardaban al menos dos días en presentarse? ¿Cómo podía haber recorrido, andando y enferma tan larga distancia desde nuestra casa? ¿Por qué no había intentado ponerse en contacto conmigo cuando detectó los primeros síntomas? ¡Dios mío! ¡No era ella! Eleonora estaba viva, esperándome, sufriendo por mi desgracia.

Pienso en Eleonora, y su recuerdo hace que consiga abrir los ojos, aunque no veo nada. La oscuridad me envuelve por completo. Mis sentidos despiertan uno por uno. Mi olfato me da cuenta del aire viciado que respiro. Agudizo el oído. No oigo ningún sonido nuevo, sólo el maldito zumbido. De pronto me siento invadido por una infinita alegría, pues siento que estoy recuperando el control sobre mis músculos. Levanto violentamente los brazos y golpeo algo metálico. El horror me invade. ¿Me han enterrado en un ataúd de metal? Frenéticamente, palpo los laterales. Descubro los tubos y entonces lo comprendo todo. Dejo escapar un largo, salvaje, alarido de agonía.

……………………………………………………………………………….

……………………………………………………..

…………………………

-¿Has oído eso? -preguntó el joven.

-¿El qué? Yo no he oído nada -respondió el viejo.

-Parecía un grito. Juraría que he oído un grito.

-Tranquilo, muchacho. Ha sido un día de muchas emociones. Acabemos con esto. Estamos haciendo lo correcto. Me sentía incapaz de arrojar al pobre Neville a una fosa común llena de apestados.

Apretó el botón que ponía en marcha el horno incinerador. Los tubos escupieron fuego hasta alcanzar en el interior una temperatura de 1.100º C, capaz de reducir un cuerpo humano a un montón de cenizas en pocas horas.

-¿Qué crees que le ocurrió? -preguntó el joven.

-Un infarto, sin duda. La tensión acumulada. ¿Qué tal está Eleonora?

-Está arriba. Le he dado un somnífero. Estaba destrozada por la idea de no volver a ver a Neville nunca más . Al menos, podrá conservar junto a ella sus cenizas. Es un pobre consuelo, pero es mejor que nada.

 

NOTA: ΏHas escrito algϊn relato y quieres compartirlo con tod@s? Pincha en la secciσn CONTACTO y adjunta el archivo.

Volver a inicio