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DEVORANDO MUSAS
Por: Pedro Escudero -HOLA, ¿BAILAS CONMIGO? -Pregunté esgrimiendo mi pose más seductora, mientras mi rostro mostraba una timidez que no sentía, al menos no desde hacía una eternidad. Era una mujer hermosa, de mediana estatura, cabellos de color entre trigo y fuego, pechos prietos y sonrisa radiante. Pero no era su atractiva figura lo que me atraía como la polilla a la candela, si no sus poesías de amores perdidos y pasiones truncadas, que escribía sentada hasta bien entrada la noche en uno de los bancos del parque. En más de una ocasión leí los poemas que descartaba y arrojaba en una de las papeleras. Me sabía más desesperado que los moscones que continuamente la asaltaban pidiendo un baile, y que lo único que veían en ella era una chica bonita con la que pasar un buen rato. Desde la pérgola, la orquesta insistía en prolongar la jornada interpretando pasodobles y chachachás, mientras yo esperaba que aceptara mi proposición. Mirándome fijamente a los ojos, sin mostrar emoción alguna en su rostro, asió suavemente mi mano y comenzamos a bailar. Soy un excelente bailarín, y un consumado seductor, así que decidí esperar a que ella iniciara la conversación. Danzamos sin musitar palabra, aguantándonos la mirada con pertinaz determinación, hasta que la música cesó. Entonces, con su mano aún unida a la mía, caminamos hacía la oscuridad del parque, donde cigarras, azaleas y abedules serían mudos testigos de cuanto había de suceder. Nos sentamos en uno de los ajados bancos de madera, aún sin hablar, rodeando sus hombros con mi brazo, hasta que, pasados unos minutos de silencio cómplice, procedí a besarla con apasionado frenesí. Y con ese beso su arte fluía a mí, renovadora energía que aseguraba mi eternidad. Todo mortal posee en cierta medida una capacidad creativa y es de ella de la que me nutro para asegurar mi existencia, mas solo aquellos con verdadero genio son capaces de procurarme sustento que me mantenga durante años. Saciado mi ansia, la abandoné con la mirada perdida y un hilillo de saliva resbalando de su boca. Se recuperaría, sin recordar nada de lo sucedido. Me consolaba diciendo que no había arrebatado vida alguna, pero mi conciencia repetía insistente: “Has matado mucho más que eso.”- Sentí un dolor que recorrió abrasador mi espinazo. Me giré y allí estaba con una sonrisa perversa asomando en sus labios. Caí al suelo, rígido, y ella, agachándose, me susurró al oído: - Todo tiene un precio cazador ¿Estas dispuesto a pagarlo? El dolor es mi precio y mi sustento, sufre y me tendrás por siempre. – Desde aquella aciaga madrugada, acudo puntual a mi cita con la musa que me da la vida y atormenta mi cuerpo, alimentando a otro inmortal que parasíta mi existencia; Y yo adicto a su sabor no hallo las fuerzas necesarias para renegar de sus besos, sus abrazos y, en especial, sus poesías.
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