AARÓN MALDICE

Por: Pedro Escudero

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Las marranas son como las personas, las hay buenas y las hay malas. Algunas ni se preocupan por sus crías y las aplastan cuando se remueven. Así también las hay más listas y más tontorronas. Recuerdo el día que nació la blanca, fue en las porquerizas viejas, venía en una camada pequeña, solo eran cinco. Su madre ya era vieja y ya se sabe que las marranas viejas no dan más de sí. En cuanto la desteté me la llevé a la nave nueva para dejarla criar y la madre para chorizos.

Mi padre y antes que él mi abuelo se dedicaron a la cría de cerdos. Yo heredé las porquerizas y las cuatro tierras, éramos una familia de agricultores ricos, con cuatro peones, pero eso no quiere decir que no tuviéramos que trabajar como el que más: Nos levantábamos antes de amanecer y nos pasábamos todo el día de faena. Eso de vivir sin agachar el lomo era para los señoritos andaluces y cuatro grandes ricachones, de esos que se dedican a los libros de cuentas, a ir de punta en blanco los domingos a misa y a casar a su hijos entre ellos.

El negocio comenzó a ir a mejor conmigo, eran tiempos modernos, acababan de meter el agua y por fin teníamos electricidad. Sí, seguro que el que lea esta historia es de capital y se reirá y pensara que como somos los de pueblo. Pues si es así tienes que saber que sin agua y sin luz la vida en Castilla es muy jodida: nueve meses de invierno y tres de infierno. Mi padre, dios lo tenga en su gloria, sabía contar, escribir su nombre y leer por lo alto. Se empeñó en que yo tenía que saber leer de corrido y las cuatro reglas. Tenía más razón que un santo el hombre. Así luego pude aprovechar las oportunidades de lo moderno y no dejé que me timaran un par de veces. Mi padre no lo decía pero seguro que a él le pasó alguna vez.

A los marranos no se les pone nombre, eso son tonterías, ni que fueran personas. Son el mejor animal que se puede criar y no solo porque del cerdo se aprovecha todo, como dice el refrán, si no porque son muy agradecidos de engorde. Todo lo que se comen va a carne. Lo más, si tienes varios verracos les pones motes: el viejo , el grande , el desorejao... y lo mismo con las marranas: la malaostia , la guacha , la blanca...

Yo la llamaba la blanca por el color de su piel, pero ya os digo que no tenía nombre, el Jacinto, la llamaba la señorita porque estaba siempre limpia y Mateo, mi chico el mayor, la buena porque se dejaba acariciar y no daba guerra al limpiar su cochinera, no como la malaostia que no te podías descuidar ni un momento. Que buena que salió, catorce cochinillos que parió la primera vez. Las cerdas solo tienen doce ubres así que lo normal es que de una camada tan grande sobrevivan los más fuertes. Los que no andan muy listos no maman la suficiente y se quedan chicos. Ley de vida. Así que en cuanto ves que uno se te queda pequeño lo agarras y lo preparas de tostoncillo. La blanca se preocupaba de no aplastar a ninguno y de apartar al que ya había mamado mucho y hacer que todos comieran. Que susto nos dio la cabrona el día que destetamos a sus gorrinos y nos les llevamos a otra cochinera. Se puso echa una furia, a golpearse contra las paredes y revolcarse por el suelo. El Jacinto que es un lince para estas cosas desocupó la cochinera de enfrente y les metió allí a los catorce y con eso se calmó. También agarró una buena vara y la metió un par de golpes bien dados para que no se acostumbrara a dar guerra. Oye, mano de santo.

Lo malo llegó por San Martín, cuando sacamos a los cerdos para la matanza. Dejamos cuatro hijos de la blanca para matarles en el pueblo, el resto les vendimos para que se los llevaran al matadero, que eran muchos cuartos. La hicimos entre tres familias, no por el dinero, que nos salía mejor venderles todos, si no porque siempre lo habíamos hecho así y por cuatro perras no te vas a llevar mal con un vecino. Además nunca se sabe cuando puedes necesitar un favor. Dos cerdos eran para mi familia y otro para cada una de las otras. Es mucho trabajo hacer la matanza. Veintitrés nos juntamos entre peones y familias. A los cerdos se les saca de la cochinera y se les mata uno a uno que si no los de dentro huelen la sangre y se ponen nerviosos. Primero se le agarra fuerte, se le atan las patas y se le clava un cuchillo bien grande en el cuello, se recoge toda la sangre que vale luego para hacer las morcillas y la sangrecilla. El cerdo grita un rato pero si se hace bien solo cuando le hincas el cuchillo, luego se va desangrando poco a poco. Después se le hecha en un montón de paja y se le prende fuego para churruscarle bien todos los pelos. Si no se le ha matado como dios manda, el cochino se remueve y hay que agarrarle con un gancho y rematarlo. Un par de veces he visto como según se le quemaba se levantaba y echaba a correr. Es gracioso, si no te pasa a ti.

La blanca se lo barruntó en cuanto sacamos a los de vender, se movía inquieta y se zorrostraba contra las paredes de su cochinera. Sacamos al primero para matar y nos le llevamos a una era que estaba al lado de la nave. En cuanto sangró, empezó a chillar como si hubiera sido a ella a la que matáramos. Se nos revolvieron todos los cerdos, vaya jaleo, que escandalera. El Jacinto fue con la vara a ver si la calmaba con un par de ostias pero le acabó mordiendo en la mano, no se como lo haría. La que montaría la muy jodida que cuando llegó Don Cosme, el veterinario, para mirar las vísceras se empeñó en ver si el animal ese tenía la rabia o algo. En buena hora, en cuanto pudo le metió un bocado y le arrancó dos dedos. Eso no se podía permitir, que en cuanto un bicho prueba carne de hombre le pierde el respeto y quiere más. Aparte de la multa que me podía caer y que no me interesaba estar a malas con el veterinario. Ya estábamos metidos en faena así que matar una animal más que menos daba igual. El Jacinto la tenía ganas después del mordisco y se puso a preparar un motón de paja nuevo. Mi chico, el Mateo, la tenía cariño y me pidió que no la matara, pero como yo le dije: -Es una marrana y para esto han venido al mundo, no te andes con pamplinas chaval.- Así que mandé a uno de los peones a por ella. Se escapó, no me digas como lo hizo porque la puerta de la cochinera estaba cerrada y todo el mundo sabe que los cerdos no saltan. Cuando el mozo entro a la pocilga le estaba esperando y le arrolló. Luego se metió para la arboleda y por más que estuvimos buscando, hasta con perros, no dimos con ella. Al día siguiente volvía salir de caza con los peones pero no hubo manera. Lo dejé correr, pague un buen dinero a Don Cosme y me olvide de la cerda.

Seis meses tardó la muy puta en dar señales de vida. Así a toro pasado debí darme cuenta antes de que algo raro pasaba. La familia Hortelano: Padre, madre, cuatro hijos, la abuela y hasta el perro y cuatro gallinas escuálidas. Todos muertos. Vivían algo apartados del pueblo, cerca del molino. Antonio era muy trabajador pero tenía pocas tierras propias y encima eran de secano. Por eso trabajaba de jornalero para otros. Siempre fue un buen hombre y si necesitaba a alguien le tenía para lo que hiciera falta, por eso le dejaba un cochino todos los años de mi matanza a un precio muy barato. Dijeron los civiles que tuvo que ser por la noche, que derribó la puerta de la cuadra y de ahí pasó a la casa. Voy a dar detalles para que tengan ustedes el mismo miedo que tengo yo, que lo mismo les salva la vida. Entró como decía por la cuadra, mató al perro, y se coló en la casa. Primero fue directa al cuarto de los padres, que eran los que podían dar problemas. Les pilló dormidos y antes de que pudieran gritar ya se los había ventilado. Bueno al padre no, que le mordió en la garganta y le dejó desangrarse poco a poco. Después fue al cuarto de los niños. Uno de ellos huyó pero le cazó en el corral. La abuela estaba medio ciega, sorda y bastante loca así que no dio problemas.

Les descubrieron a primera hora de la mañana , en cuanto el primer vecino vio que la puerta de la cuadra estaba destrozada. En un pueblo todo el mundo se conoce y sabe lo que pasa. La Guardia Civil me mando llamar. El sargento, Rodrigo López se llamaba, un guardia de esos de toda la vida, con tricornio, capote gris, cara de pocos amigos y bigotazo negro, me dijo que si quería pasar a verlo. Que coño iba a querer, pero cuando se es un hombre de verdad, de los que se visten por las piernas, hay cosas a las que hay que echar un par de huevos y tirar para delante. Muy malo tenía que ser lo de dentro para que todos los guardias estuvieran fuera. Y vaya si lo era. Se los había comido a todos, hasta a las gallinas y al perro. No enteros claro, solo la parte más jugosa. Las paredes de adobe blanqueado salpicadas de sangre, trozos de carne y tripas esparcidos por todo el suelo, huellas sanguinolentas de la cochina, el olor a carne muerta y el zumbar de las moscas entre los cuerpos hicieron que me mareara y tuviera que salir a respirar aire fresco. Después supimos que Antonio fue el primero y debía estar vivo cuando empezó, por como salpicó todo de sangre.

Y esa es la cosa a día de hoy, hemos preparado una montería de padre y muy señor mío. Vienen los guardias civiles y hemos juntado a los hombres de diez pueblos. De esta no se escapa. Por suerte no hemos salido en los periódicos, lo ha arreglado todo Don Fulgencio, que es un rico de esos de verdad, de los que no tiene que trabajar. Tiene tierras en media Castilla. Favor que le debo, ya se lo cobrará.

Como es un animal peligroso, dejo esto escrito por si me pasara algo y pudiera ser de ayuda.

Nota de archivo: El documento cambia de autor. El estudio de tinta y papel revela un intervalo de 20-21 años entre el primer texto y el siguiente. El contenido refrenda el análisis.

Recuerdo el pueblo en aquella época: casas de adobe con teja roja de arcilla cocida, cuadra, cocina y gloria; calles sin asfaltar que se convertían en un lodazal cada vez que llovía; inviernos largos y fríos con heladas continuas y un par de meses en los que la nieve cubría todo el campo; veranos ajetreados y asfixiantes en los que te levantabas antes del alba para ayudar en las tareas y te echabas una buena siesta después de comer, amodorrado por el calor sofocante del mediodía.

Padre vivó seis años después de aquella cacería, en la que no se consiguió resultado alguno. Tres días duró la montería, vinieron de todos los pueblos del valle, la Guardia Civil y hasta cazadores contratados para la ocasión. Creo que se abatieron todas las liebres, raposas y codornices de la zona. Al final se encontró al culpable del asesinato: un vagabundo gallego, medio loco, que confesó el crimen. Según su versión la hizo para vender la grasa a fabricantes de jabón. Siempre han resultado útiles los locos y los vagabundos. El Sacamantecas le apodaron los diarios de la época. Le dieron garrote vil en el penal de Burgos.

Después de aquello, padre tornó en viejo cansado. No tuvo una muerte violenta, se consumió lentamente, en horas y días de frustraciones y planes fallidos. Si le hubieran visto. Siempre fue un hombre activo y emprendedor de los que afrontan los problemas con resolución y asumen sus errores sin pretender responsabilizar a otros. Vendió los cerdos y compró vacas. Remodeló la nave y las porquerizas y contrató asturianos que sabían del tema. No fue necesario despedir a los antiguos peones, que eran extremeños, se marcharon asustados. Solo quedó con nosotros Jacinto. Padre le compró una casa pequeña frente a la nuestra para que se instalara con su familia. Era un hombre valiente y llegó a ser su mejor amigo e intimo confidente. Le recuerdo siempre delgado, de cara chupada, con una edad indefinida, de unos cuarenta y muchos. Vestía con una inagotable gama de pantalones de pana, camisas de franela y jerséis de lana, pero siempre parecía llevar el mismo atuendo apagado.

Nos mandó a todos sus hijos a estudiar a la ciudad. El único que quedó en el pueblo fue Mateo, y no porque mi padre quisiera, si no porque se empecinó. Tuvieron una discusión de las que por aquel entonces un padre y un hijo no debían tener y que acabó con un sonoro bofetón para mi hermano, que tenía entonces casi dieciocho años. Pero al final se quedó. Solo nos reuníamos por Navidad , en el verano volvíamos Luis, mi hermano pequeño, y yo. A las chicas se las encontró una residencia de señoritas de la Falange donde se las enseñaba urbanidad y buenas maneras.

El pueblo se fue marchitando, al contrario que la economía familiar. Con el buen hacer de mi padre para los negocios, un capataz como Jacinto y un hijo trabajador a su lado, el negocio de las vacas prosperó. Hubo mucho trabajo. A las tareas propias del cuidado del ganado, se unió en breve una fábrica de productos lácteos y nuestro propio matadero. Pero los vecinos tenían miedo. La primera familia que emigró fue la de los Manso, que también participó en aquella aciaga matanza, pero pronto la siguieron otras. Lo que en el resto de los pueblos fue una gradual emigración de los más jóvenes en busca de mejores oportunidades en la pujante industria de las ciudades, en el nuestro supuso una autentica desbandada. En ocho años solo quedaban un diezmado puñado de viejos, los peones y mi familia.

Las historias sobre este periodo son prácticamente idénticas. El ambiente en el pueblo se tornó opresivo. Hubo desapariciones en el monte y algunos accidentes inexplicables, como el pastor que extravió su camino y murió congelado o labrador que se despeñó cuando regresaba de arar. La diócesis trasladó al párroco cuando en mitad de un sermón comenzó a vociferar sobre el demonio aullante que por las noches acechaba en las calles. No hubo sustituto, los curas de los pueblos vecinos se turnaban para celebrar los oficios. Se achacaba cualquier desgracia a la marrana, entonces me parecía una exageración, ahora creo, sin ningún género de dudas, que sus temores no eran ni mucho menos infundados.

Yo crecí ajeno a estas tribulaciones, lejos, en la capital. Solo los veranos suponían un breve regreso a la realidad familiar. Pero sin duda alguna esta maldición, pues no encuentro nombre mejor para definirla, que azota a mi familia me influyó más de lo que pensaba. Pasado el bachiller, y avalado tanto por unas buenas calificaciones como por la creciente fortuna familiar, cursé los estudios de veterinaria. Razoné que resultaba lo más provechoso dados nuestros intereses ganaderos. En el fondo trataba de comprender mejor a nuestro adversario.

El primer encuentro lo tuve un año después de la muerte de mi padre, durante el periodo estival. Faltaba aún un curso para que culminara mis estudios. Ya por aquel entonces nos habíamos hecho con la mayor parte de la propiedad de las fincas de la zona, en parte por la fortuna generada con la ganadería, en parte por la premura por abandonar el territorio de sus antiguos propietarios. Acompañaba a Jacinto y un grupo de braceros durante las tareas de cuidado de unas viñas. Éramos una docena, diez trabajando y dos vigilando con escopeta “por si algo sucedía”. Además llevábamos varias armas más en el tractor y el Land Rover. Personalmente opinaba que tanta parafernalia era una estupidez y que el número disuadiría a cualquier animal.

El primero de los cerdos cargó chillando cerca de uno de los vigías, pero aprovechando un ángulo de visión ciego. Cuando se giró, otro surgió en silencio de entre la maleza, atenazándole el vientre entre sus fauces. En un momento todo se convirtió en una confusión de chillidos, gritos, disparos y sangre. Aprovecharon la cobertura que les ofrecían los surcos de las viñas para correr escondidos entre las hojas de parra, otros surgían de entre los matojos y las cebadas aún sin cosechar. Jamás pensé que bestia alguna fuera capaz de semejante coordinación. No desdeño las técnicas de caza en manada de los lobos y demás depredadores, no digo que no posean cierta inteligencia detrás de sus maniobras, pero la precisión y la táctica que emplearon no son propias de los animales si no de los seres racionales.

Atontado, mantuve a distancia a un enorme verraco con los aperos de labranza. Dos detonaciones que acertaron en el lomo del animal me sacaron de mi ensimismamiento, Jacinto corrió hacia mí pistola en mano, me agarró con fuerza del brazo y tiro de mi hacia los vehículos. Allí media docena de cerdos nos esperaban para evitar que escapáramos. En cuanto vieron el arma se desbandaron. Solo dos de los peones consiguieron alcanzar junto con nosotros el todo terreno, pues apenas entramos cerraron de nuevo el cerco. Esperamos por si algún otro conseguía alcanzarnos pero fue en vano. Pasado un tiempo prudencial intentamos marchar en busca de ayuda pero nos resultó del todo imposible porque el coche no arrancaba. Al parecer, de algún modo, habían logrado sabotear el motor. Jacinto, siempre preparado, sacó de la guantera una pistola de señales y la disparó a través de una ventanilla semi-abierta. Entonces comenzó nuestro suplicio. Les veíamos corretear entre las matas, chillar entre las vides y chapotear entre los juncos del arroyo. Los peones y yo aferrábamos nerviosos las escopetas, sobresaltados ante cada nuevo sonido. No todos nuestros compañeros habían muerto, por desgracia. Comenzamos a escuchar sus alaridos agonizantes mientras los marranos les torturaban, hurgando con sus colmillos en sus carnes, comiéndoseles vivos. Juro que si hubiera podido yo mismo habría terminado con sus sufrimientos pero las viñas y el ligero desnivel del terreno nos impedían localizar con exactitud nuestros compañeros. Todavía hoy me despiertan pesadillas en las que recuerdo aquella interminable espera y los lamentos rogando primero auxilio, después la muerte. Al rato comenzamos a ir golpes en el techo del coche, uno de los peones se sobresalto tanto que disparó su escopeta a través de una ventanilla cerrada salpicándonos a todos con fragmentos de cristal y ensordeciéndonos con el estruendo de la detonación en un espacio tan reducido. Un objeto impactó en la luna delantera: una mano desmembrada. Uno de los peones, Sebastián creo que se llamaba, comenzó a gritar: - ¡Dejadme Salir! ¡No aguanto más! ¡Estamos en una trampa! ¡Se nos van a comer vivos!- Tuvimos que reducirle entre los tres y atarle para evitar que cometiera alguna estupidez.

Permítanme hacer un inciso en este punto para que les explique algo sobre estos animales en cuestión. El cerdo común posee una morfología característica en todas sus especies, pertenecen a la familia de los Suidae, género de los Sus. Estos animales a simple vista se diferenciaban de las especies conocidas. Por lo común tienen un cuerpo rechoncho, con aspecto de tonel, formas curvas y son paticortos en relación con su tamaño. Estos cerdos tenían un cuerpo robusto en el que resultaban visibles los músculos, unas mandíbulas robustas y especialmente desarrolladas, con patas sustancialmente más largas que sus congéneres y unas orejas excepcionalmente grandes, semejantes en su aspecto a las de los murciélagos. Sus Sapiens he bautizado a esta nueva especie.

Esperamos solo durante cuarenta minutos, pero por lo que a mi respecta bien pudieron ser meses o años. Cuando llegó la ayuda, varios todo terrenos con hombres armados, hallamos los cadáveres desmembrados y semi devorados, pero peor fue encontrar a alguien con vida. Le habían torturado horriblemente: Quebraron sus piernas y devoraron sus orejas, dedos de las manos y los pies, nariz e incluso mejillas. Monté en un coche presa de temblores junto con mi hermano Mateo y Jacinto.

-Tenemos que contarlo, buscar ayuda. Eso de ahí no es normal– conseguí balbucear cuando el tembleque comenzaba a ceder.

-Los que lo tienen que saber, lo saben ya. – Respondió tajante mi hermano.

-Pero esos cerdos no son normales, son un peligro, unos asesinos. Si no se les detiene cada día serán más. Voy a vengarme por lo que han hecho. Dejaré los estudios y regresaré al pueblo contigo para acabar con ella –afirmé acaloradamente.

-Te vas a casar– Contestó Mateo tras unos instantes de meditabundo silencio.

-¿Cómo ?– Acerté a responder perplejo por el inesperado giro de la conversación.

-Te vas a casar con Margarita, una de las nietas de don Fulgencio. Pero primero acabaras tus estudios.

-¿Cómo es?- Pregunté aún conmocionado.

-Rica.

-Pero yo tengo una novia en la ciudad y...

-La dejas y punto. Luego volverás para ocuparte del asunto con la familia y nuestros amigos.- Sentenció mi hermano, lanzándome una mirada que no dejaba posibilidad de replica alguna.

-El que algo quiere algo le cuesta– Terció Jacinto, cuya hija mayor estaba casada con mi hermano.

Han pasado siete largos años desde entonces. En principio me establecí en el pueblo y comencé una campaña de tierra quemada. Estos animales, por su complexión, precisan de gran cantidad de alimento. Por ello decidí que el mejor método para disuadirles y alejarles consistía en abandonar los cultivos en las propiedades de la zona, agostando cualquier variedad silvestre que pudiera proporcionarles alimento y cazar intensivamente para negarles presas. En cierta medida funcionó, pero solo sirvió para alejar a la mayor parte de ellos, que no a todos, así que desistí para emprender un nuevo curso de acción. Si precisábamos pruebas para conseguir ayuda, daría con ellas. Cinco años de provechosos estudios de veterinaria me respaldarían. Que ignorante era.

Las pruebas sobre los restos de aquellos que conseguimos cazar revelan sus peculiaridades morfológicas y un inusitado tamaño cerebral. Pero con esto no se demuestra capacidad de raciocinio ni peligrosidad. He encaminado mis investigaciones hacia las señales y marcas que hacen en el campo. Si mi teoría es cierta, poseen un rudimentario lenguaje escrito. Tengo que llevar a cabo una amplia investigación de campo pero creo que por fin he dado con las pruebas que precisamos.

Nota de archivo: El documento cambia de autor. El texto pasa de ser manuscrito a mecánico. Se estiman unos 27-28 años entre este y el anterior. Se deduce por el análisis del contenido que el autor pueda ser la fuente.

Escribo esto xq estoy cansada. He reunido todas las pruebas q he podido. Somos una familia rica, numerosa y maldita. Tenemos un enemigo de esos de los libros de terror, como en el Perro de los Baskervil. Aprendí a trepar casi al mismo tiempo que a andar, aterrorizada x si algún día venía a x mi. Tuve una escopeta antes q una bicicleta Cuando era pequeña mi abuelo Jacinto nos contaba las historias de la Marrana. Por la noche venían las pesadillas y los gritos. Mi abuelo refunfuñaba ante las protestas de las madres:

-Déjales q lloren, prefiero q lloren hoy q velarles mañana.

Y cuanta razón tenía. No voy dar detalles , con las historias q adjunto del abuelo Damián y el tío Basilio debería bastar, pero yo tmb. tengo las mías.

El tío Basilio desapareció una noche de niebla en Barcelona, después de una feria de ganado. Y con él tmb. desapareció su cuaderno de notas. En la familia no creemos en las casualidades. Yo tengo varias copias de todo esto para q no se pierda. Decía el tío q si los marranos supieran utilizar herramientas estaríamos en un grave apuro. Claro, y si tuvieran manos en vez de pezuñas estaríamos en mitad de una guerra. Bueno, nosotros lo estamos, me refería a la humanidad. Yo, mis primos y hermanos sabemos como se emboscan, q preparan trampas sencillas y q muchos de los accidentes q se supone q sufren los campistas en los sitios + aislados son en realidad muertes por marrano. Les persiguen hasta q se despeñan o les da un ataque o se mueren congelados. Luego además están los q desaparecen. Es q del hombre se aprovecha todo, dicen los marranos (Si no t gusta el sentido del humor de la familia t jodes)

Para buscar ayuda hace falta convencer si no queremos ser + q una familia de ricos desequilibrados. X eso he preparado el informe q va con esto. Me he pasado los 3 últimos años en ello. He recorrido media España siguiendo la expansión del cerdo asalvajado (Cimarrón). Coincide con el aumento de las desapariciones de campistas y el número de accidentes. Son muy listos y no quieren llamar la atención. Ahora mismo están en casi todas las zonas alejadas. Si te has criado en una ciudad te sonará raro pero cada día hay + terreno vacío en el campo y + gente en las ciudades y se están aprovechando para ir ocupando espacio. Ya estáis avisados ;)

(Le 11. 7)

Estudio: Análisis de los datos aportados y estudio biográfico positivo (Se adjunta). Fuente estimada ilocalizable.

Acción: Se recomienda apertura de expediente.

Registro Salida: 00007823 / 2003 MD - UME

Balhissay

 

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