LOS ARCANOS DE LA CATEDRAL

 

 

Por: David G. Panadero

 

 

Nunca hubiera pensado que en esa primavera se volvería temerosa de Dios. Dice la creencia popular que los esquizofrénicos son siempre religiosos, y allí, en el sanatorio mental, Candi tendría tiempo para observarlos arrastrarse en silencio, padeciendo enmudecidos, algunos con el rosario en la mano, persignándose como si con ello sellaran una protección en torno suyo.

La mayoría de los pacientes presentaban un aspecto sórdido y de abandono, no así él, un joven silencioso que le resultaba atractivo, siempre con aspecto ausente, elegante dentro de su gesto de dolor. Su abundante cabello negro rizado, el rostro de facciones proporcionadas, una figura esbelta y las amplias y estilizadas manos hacían que aquel chico fuese portador de una belleza maldita. Una mirada a sus ojos bastaba para apreciar en él una inteligencia destacada y quizás fuese esa misma inteligencia la que le hacía caer en el pesimismo y la inactividad.

Candi aprovechó la hora del desayuno para sentarse junto a él, con mucho cuidado de no resultar avasalladora.

-¿Cómo te llamas?- le preguntó con toda la suavidad que pudo.

-Álvaro- respondió como quien comenta algo exento de interés.

-Yo llevo aquí unos meses pero me dicen los médicos que pronto saldré- Candi trataba de crear un clima cordial aún teniendo la incómoda sensación de que las preocupaciones de él eran algo inaccesible para ella, algo que no podría alcanzar a comprender. Las tazas de café permanecían vacías en las mesas; se le acababa el tiempo de conversación.

-Ya no tengo mucho que hacer fuera- fue todo lo que le respondió el ausente conversador antes de que los celadores ordenasen desalojar el aséptico comedor.

 

Camino de su habitación, Candi se encontró con Rosa, a la que no se escapaba una en cuanto veía a dos personas de distinto sexo que congeniaban.

-¿Qué tal con el autista?

-¿Estás celosa o qué?

-¡Vamos, faltaría! ¿Sabías que ése ha hecho retirar el crucifijo de su habitación? Menuda pieza te vas a llevar, chica.

Candi se deshizo de su compañera, dándose cuenta de lo mucho que deseaba volver a estar con él. Era cuestión de unas pocas horas; al mediodía haría todo lo posible por sentarse a comer con él.

-El doctor no encuentra un diagnóstico claro para mi enfermedad- le comentaba Álvaro en una voz baja que le obligaba a afinar el oído mientras comían un menú repetitivo e insípido. No sabía discernir si su languidez al hablar se debía a la medicación o era un rasgo propio de él.- Te llamas Cándida, ¿no?

-Bueno, prefiero que me llamen Candi. Sé que soy un alma cándida, pero me gustaría cambiar, vivir libre, con responsabilidades, no siempre a expensas de mi marido, como si fuese su muñeca de porcelana.

-De acuerdo, Candi. Respecto a mí... Ya te he dicho que mi caso desconcierta mucho al médico. Me da la impresión de que mi caso le divierte; hasta se ha inventado un diagnóstico: sacrofobia. Odio a las imágenes religiosas. Tengo que tomar la medicación para que la cabeza no se me dispare en mil direcciones, y a la vez las medicinas me impiden pensar de manera coherente.

Resultaba costoso llegar a la cuestión de fondo, aún más cuando él no acertaba a identificar la raíz de sus miedos. Una vez más había terminado el tiempo de la comida y se debían separar de nuevo. No pasarían más que unas horas hasta la llegada de la cena, en la que Candi ya se había convertido en confesora para que Álvaro pudiera divagar ya sin tapujos.

 

-Lo que te cuento, lo cuento bajo una fuerte tensión mental, pues cada día que vivo tengo la sensación de que será el último. Perdona que dé rodeos y te pido paciencia si ves que mi conversación se bifurca en mil direcciones. Para que entiendas mi situación tendré que remontarme a la adolescencia.

“Fui un joven solitario, demasiado dado a replantearme toda suerte de cuestiones, quizás obsesionado por encontrar sentido a todo lo que me rodea, y mi manera de interpretar el mundo fue el estudio de Filosofía y Letras. Una vez concluí mis estudios me volqué de lleno en mi tesis doctoral, que me ha ocupado todos estos años. Por la razón que fuera, dediqué todas mis energías al estudio de los movimientos heréticos dentro de la filosofía medieval.

“El carnaval medieval, con su ruptura de las jerarquías y la aparición de las vulgares costumbres de la plebe, se adueñó de mi imaginación. Igualmente me fascinó la Fiesta de los Locos, en la que el pueblo rudo formaba una procesión clandestina para parodiar al Papa. También estudié la Fiesta del Asno, en la que una procesión nocturna se introducía en las iglesias para embadurnar de excrementos las imágenes religiosas.

Álvaro se expresaba con cierta comodidad, pues no se sentía juzgado por ella. Quizás fuesen temas complicados para alguien ajeno a tales estudios, pero veía en ella un sincero interés por escuchar. Continuaron su conversación en la sala común, donde los hombres y las mujeres allí internados podían estar juntos un breve momento del día. Prosiguió con su narración.

-Aún se mantenía muy vivo en mi mente un viaje que hice a León siendo un niño. La catedral de aquella ciudad me provocó una fuerte impresión, y aunque entonces no pude identificarlo, había algo en aquel templo que me inquietaba enormemente.

“De modo que, con el recuerdo aún presente del vago horror que despertó en mí, decidí hace escasos días encaminarme a esa ciudad. La gran sorpresa vino al ver que la catedral había sido precintada, protegida por unas altas vallas. No entendí porqué este hecho había sido ignorado por los medios de comunicación.

“Al hallarme ante la catedral empecé a averiguar qué es lo que me inquietaba de pequeño y pude identificar claramente aquello que desde hace muchos años me asustaba con sólo intuirlo.

“Veo razonable que lo que te voy a contar te parezca fruto de una obsesión y no lo encuentres razonable, pero si hubieses estudiado tan a fondo como yo las interioridades del arte medieval sentirías lo que yo siento, sin lugar a dudas. Déjame que te lo explique con palabras sencillas.

“Todas las catedrales de Europa tienen siempre la misma orientación. Los feligreses entran al templo por Occidente y se dirigen hacia el santuario, situado hacia el horizonte, allí donde nace el sol, Oriente. Es decir, que miran hacia Palestina, que es la cuna del cristianismo. Las catedrales salen de las tinieblas y se encaminan a la luz.

“Gracias al aprendizaje de años, pude ver de manera clara aquello que de niño sólo intuia: la catedral de León es la única de toda Europa que tiene una orientación contraria. Sale de la luz y se encamina a las tinieblas.

“Tras este hallazgo, me encaminé a la Hemeroteca de la ciudad, consulté por Internet y de todas las maneras posibles hasta que di con una noticia breve que acaparó mi atención: hace escasos meses cayó un pináculo del templo. Ello desencadenó una polémica que hube de rastrear, pues los medios de comunicación, aún la prensa regional, la siguieron de manera fragmentada, sin concederle demasiada importancia.

“Había dos posturas enfrentadas. Por un lado, un arquitecto de origen italiano mostró interés por coordinar las obras de restauración de la catedral. Pero un catedrático de arte medieval de la Universidad Complutense de Madrid, Gregorio Martín, se las arregló para interrumpir aquellas obras, pues decía que “es como limpiarle el polvo a un libro antiguo. Empiezan limpiando la fachada y acabarán convirtiendo el templo sagrado en un centro comercial.”

“No entendía la actitud del catedrático; ¿quién querría ver cómo el tiempo acaba con una obra tan valiosa? ¿Por qué dejar que se cuartee y desaparezca pudiendo conservarla? Desde León le puse numerosas conferencias, a ninguna de las cuales respondió, con lo que me vi obligado a hacer las maletas de vuelta a Madrid para entrevistarme con él.

“En las estanterías de su despacho se acumulaba una vida de investigación perseverante; casi diría que su vida transcurría entre esas cuatro paredes, ajena a lo que ocurriese en el exterior. Desde el fondo de la habitación me miraba de manera amenazante un Pantocrátor de aire solemne y vengativo.

“Martín no me dedicó demasiado tiempo; de hecho me despachó repitiéndome lo que yo ya había leído mientras me miraba con suficiencia.

-Termine su tesis limitándose a consultar en las bibliotecas y olvídese de los viejos templos católicos. Las catedrales encierran una filosofía, por ello, después de tantos siglos, siguen fascinando tanto a creyentes como a ateos. Y es eso lo que las hace peligrosas.

 

Candi se sentía fascinada por las solemnes palabras de Álvaro, y desde aquella primera conversación no pudo dejar de escucharle con paciencia, de manera entrecortada, en breves encuentros día tras día. Le entristecía pensar en esas extrañas fantasías que alimentaban la mente del filósofo, pero no podía parar de escucharle. Ya conocía en parte su obsesión y pensó que no le importaría formar parte de ella. Quizás, si le seguía escuchando, pasaría a formar parte de su vida.

-Tardé poco en volver a León, y ya en esos días empecé a albergar ideas cada vez más extrañas, obsesionado por el templo, recorriendo las calles de noche, desorientado, sin saber muy bien hacia dónde encaminarme pero con la sospecha cada vez más firme de que algo escondía la catedral.

“Era la noche de un martes y la ciudad se encontraba vacía. El silencio de la ciudad dormida sería mi mejor aliado para poder saltar las vallas e internarme en la catedral. Su aspecto olvidado hacía pensar en tiempos mejores y aún persistía un espeso olor a incienso. Cuántas liturgias celebradas; cuántas eucaristías, aunque hace tiempo que ningún hombre atraviesa este pórtico.

“Gracias a la linterna me introducía en las tinieblas del templo sagrado avanzando hacia el altar, donde se encuentran los Tres Arcanos dispuestos en hilera, ocupando tres rosetones.

“Seguro que significaban algo, aunque por desgracia el paso del tiempo los había convertido en un secreto indescifrable. Su trazo tosco y esquemático los hacía impropios del arte gótico, con lo que llegué a la conclusión en ese mismo momento de que en ellos se encontraba el misterio de la catedral.

“Entonces no pude contenerme más, y me sentí obligado a destrozar aquella pared; era la única manera que tenía de aplacar el odio que sentía hacia esas imágenes indescifrables. Una vez rompí el rosetón central, pude ver una estancia clandestina escondida tras los Arcanos, en cuyas paredes se esculpían figuras de desagradable recuerdo. Apenas pude distinguirlas, y aún ahora su solo recuerdo me hace estremecer. ¿Cómo podría explicarte lo que estaba sintiendo? En ese momento sufrí espasmos y salí corriendo de la catedral tan rápido como pude, gritando y riendo histéricamente; gritando al recordar el aire funesto de los Arcanos y riendo cuando mis nervios fallaban y notaba cómo se me escapaba la cordura.

“Ya en la calle dos policías me detuvieron, y tras los destrozos que he hecho en la catedral me han ingresado como medida preventiva. Dice el médico que no hay razón lógica para que haya hecho todo esto, por lo tanto estoy loco.

 

Pasados los meses, Candi ya había salido de su ingreso y estaba de vuelta a su rutina como ama de casa, cuidando de la pequeña de siete años mientras su marido hacía largas jornadas como policía municipal. Seguía impresionada por la historia de Álvaro, y se sentía muy culpable, pues después de que éste se la diera a conocer, fue incomunicado en una celda de máxima seguridad en los sótanos del sanatorio.

Según pudo comprobar, la historia que éste le había contado tampoco halló eco en la prensa, siendo silenciada, y los destrozos fueron atribuidos a un grupo de vándalos adolescentes. Por más que pasara el tiempo, nunca le abandonó el olor a incienso allá por donde fuera, y también un miedo reverencial cada vez que veía un crucifijo.

 

 

NOTA: ¿Has escrito algún relato y quieres compartirlo con tod@s? Pincha en la sección CONTACTO y adjunta el archivo.

Volver a inicio