EL GUARDIÁN DEL SANTUARIO

Por: Clara Tahoces 

No quise volver a pensar en ello. Intenté borrarlo de mi mente a cualquier precio... y casi lo había logrado, si no fuese porque una pareja de amigos tuvo la ocurrencia de informarme que aquel verano se marchaban al lugar de los “hechos”. Es ahora cuando empiezo a dudar sobre la experiencia allí vivida y sobre la percepción distorsionada de los recuerdos... Si realmente vi algo... ¿qué fue?

Hace justamente un año viajé a la isla de Ibiza haciendo disfrute de unas merecidas vacaciones. Supongo que buscaba lo que cualquier turista: sol, playa, diversión y un poco de cultura. Sin embargo, encontré algo muy diferente. Recuerdo muy bien las fechas porque precisamente, desembarqué en la isla procedente de Denia, pocos días antes de la llegada del eclipse total de Sol del once de agosto de 1999.

Si hubiese decidido irme con Juancho, Tere y Mónica, ahora no podría describir cómo fueron aquellos días en Ibiza. Mi primera intención era hacer el Camino de Santiago con ellos, pero decliné la invitación porque pensé que aquéllas no eran las fechas más apropiadas para semejante aventura. Temía que la gran afluencia de peregrinos y curiosos, debido a la proximidad del año 2000, acabasen por arruinar la magia y el encanto de una empresa con la que llevaba años soñando. Por este motivo, juzgué oportuno posponer esa ruta para fechas postreras.

Fue Juancho quién me habló por vez primera de la cueva de Es Curieam y de la diosa cartaginesa Tanit. Decía que no debía perderme una visita a su morada. Jamás antes nadie me había hecho mención a su figura. La verdad, consiguió picar mi interés. Como buen coleccionista que era de curiosidades, había atesorado algunos libros que trataban el tema, aunque de forma somera. Dijo que me los prestaría. Guardado entre ellos, había un reportaje sobre aquel enclave escrito en una publicación especializada en temas raros.

En él se describía a la diosa Tanit desde un punto de vista singular aunque no dispar en comparación con lo que había leído. Debo decir que yo no era especialmente creyente en los fenómenos paranormales, si bien, en mi familia había tenido lo que se llama “antecedentes”... Mis dos abuelas habían protagonizado varias experiencias extrañas a lo largo de sus vidas, pero no gustaban de relatarlas en público asociándolas a cosas del diablo. Creían que era mejor no mentarlas para, de este modo, evitar que fuera quien fuese el que las provocaba pudiera enojarse y tomar represalias contra ellas. Lo cierto es que aquellas experiencias las aterraban. A pesar de todo, sí sabía de algunas de éstas por mis padres quienes tuvieron la fortuna de oírselas mencionar de sus propias bocas.

Teodora, mi abuela paterna, era una médium. Tenía la suerte o la desgracia de caer en un profundo trance cuando entraba en una fuerte relajación. Esto podía ocurrirle en cualquier parte, al quedarse traspuesta en el transcurso de una siesta. Lo peor no era eso; lo más alarmante era que una vez dentro de ese estado alterado de conciencia, comenzaba a hablar lenguas desconocidas. Según he leído, eso se denomina en parapsicología “xenoglosia”. Usualmente las lenguas escogidas eran el ruso y el alemán. Ni que decir tiene que mi abuela jamás estudió dichos idiomas. Nunca supimos qué cosas decía, aunque aquellos que habían tenido la oportunidad de verla en aquel trance –y nunca mejor dicho– afirmaban que su actitud variaba ostensiblemente tornándose despótica y altiva.

En cuanto a mi abuela materna, Rosinda, sus experiencias eran bien diferentes. Según comentó alguna vez, en su casa habitaba el fantasma de una joven fallecida a consecuencia de un parto. ¿Cómo sabía este extremo? Lo ignoramos, pero afirmaba que el fantasma de una mujer, a quién había bautizado con el nombre de Elisa, se paseaba por allí, dedicándose a mirarla insistentemente. Le producía tal pavor que incluso, en ocasiones, se veía obligada a abandonar cierta estancia –la biblioteca– en la que parece que la joven se encontraba más cómoda haciendo caer los volúmenes de las estanterías al suelo.

El caso es que todas estas cuestiones que siempre habían pasado desapercibidas para mí, pues no les prestaba importancia alguna, empezaron a interesarme a raíz de mi propia experiencia en la isla. Si bien, se me antojaba que lo vivido era mucho más fantástico...

 ******

Los primeros días en Ibiza los dediqué a descansar bajo una sombrilla en cala Llonga. Descargué todo el estrés acumulado por el trabajo y me relajé tanto que casi había olvidado mi visita a la cueva de la diosa Tanit.

Sabía que se encontraba en la parte noreste de la isla, cerca de la localidad de Sant Joan de Labritja, y que databa de finales del siglo V-II a.C. Me apresuré hasta mi habitación en el hotel para recuperar los libros que Juancho me había prestado.

En ellos se explicaba que en su interior se encontraron varios centenares de exvotos, figuras de terracota, imágenes de una diosa con manto de plumas, alta tiara y signos sagrados como la media luna, el caduceo o la flor de loto. Tanit, al parecer fue la Diosa tutelar de Cartago. Era la señora del cielo y el infierno, fecundadora de la Naturaleza a través de las lluvias. Sus símbolos eran el león, la paloma, el loto, la palmera, el creciente lunar y el caduceo. En alguna parte de la documentación se señalaba que a su efigie podían haber estado dedicados sacrificios de niños. Era tan respetada y venerada que se custodiaba su descanso con sumo cuidado, hasta el extremo de que tenía vigilantes que velaban por su eterno sueño.

Cuanto más leía, más me apasionaba el tema y mayores eran las motivaciones para ir hasta el santuario. En ese momento ya era tarde para ello, pero determiné, mientras tomaba un sorbo de agua, que de mañana no pasaría.

Aquella noche, sentada en la mesa de una pintoresca tasca y casi a los postres, pregunté al camarero por la cueva en cuestión.

-No sabría qué decirle... No está abierta al público por peligro de desprendimientos y tampoco tiene un camino de fácil acceso, sentenció mientras ponía frente a mí un menta poleo.

-¡Yo sé dónde está! -interrumpió un viejo que estaba sentado en la mesa de al lado-. Pero, no le recomiendo que vaya, espetó en tono enigmático.

-¿Por qué no?, pregunté intrigada.

-El sueño de la diosa Tanit no debe ser perturbado. Podría molestarse y abatir sobre la isla toda suerte de desgracias, afirmó mientras se mesaba su protuberante barba blanca.

-Algo sobre ello he leído... Pero no son más que leyendas. ¿No irá a decirme usted que cree en todo eso? –inquirí en tono burlón.

-Haga lo que le parezca –señaló–. Sé de personas que se llevaron un mal recuerdo. Los barruguets habitan en esa zona y son malvados con los intrusos. Luego no diga que nadie le avisó –dijo dando por zanjado todo diálogo.

-¡No le haga caso! –me susurró el camarero al oído–. El pobre no anda bien de la azotea –explicó mientras hacía un gesto inequívoco llevándose la mano a la cabeza-. Ahora le dibujo un plano que le facilite cómo llegar hasta la cueva. Pero, no se le ocurra entrar por lo de los desprendimientos. Está prohibido.

-¿Qué son los barruguets? –pregunté al camarero.

-¡Son leyendas que hacen referencia a duendes ibicencos! ¡Cuentos de viejas! –informó con cara de incredulidad.

 ******

Símbolo de Tanit

A primera hora de la mañana del día 11 de agosto de 1999, mientras todo el mundo estaba exaltado por la inminente llegada del eclipse, tomé el coche y me dirigí hasta la cala de Sant Vicent. De ahí cogí una carretera hasta llegar a un pequeño apeadero. En él, medio escondida por la maleza, se veía una destartalada señal que indicaba la subida a la cueva.

Empleé casi dos horas para llegar hasta la maldita cueva. A mitad de camino empecé a dudar si debía regresar. El sendero no estaba bien señalizado, a veces un signo hecho con pintura azul que representaba a Tanit indicaba que me hallaba en buena dirección. Otras, la intuición me guiaba, siempre hacia arriba. Desde luego estaba claro que los cartagineses se tomaban muy en serio aquello del respeto por el descanso de la diosa.

Sudando como un pollo maldije el momento en el que Juancho me habló de la cueva y aproveché para acordarme de toda su familia. La cámara, pese a ser de esas automáticas que apenas abultan, empezaba a tornarse un objeto inútil y, en cambio, echaba en falta no haber tenido la precaución de traer una botella de agua y una visera. El sol calentaba, aunque ya se empezaba a apreciar, según pude ver con un filtro que portaba en el bolsillo, el comienzo del eclipse, que se esperaba que en Ibiza fuese del 60 por ciento.

-¡Hay que joderse! –pensé en alto- ¡Todo el mundo pendiente del eclipse... y yo aquí buscando una cueva! ¡Estoy como una cabra! –concluí.

Para cuando alcancé la cima del monte había perdido por completo el resuello. Tan siquiera fui capaz de contemplar la maravillosa panorámica que se me ofrecía de la isla desde un pequeño mirador. Reptando me acerqué a una gran piedra y dejé caer mis doloridos huesos. Las piernas me temblaban y el corazón amenazaba con salírseme por la boca. Pero, ahí estaba... ¡lo había logrado!

Poco a poco fui recuperando la respiración y pude comenzar a maravillarme del paisaje reinante. No se escuchaba un solo murmullo. Las chicharras que me habían acompañado durante todo el trayecto enmudecieron súbitamente... las lagartijas y lagartos -únicos seres vivientes con los que me había topado- también se escondieron bajo las piedras. Allí no había pájaros que trinasen ni viento que meciese las ramas de los árboles.

Reparé en que el eclipse estaba en su punto álgido y extraje de mi bolsillo el filtro para disfrutar del espectáculo. Sentada como estaba frente a la cueva pude observar la presencia de un cartel indicando la prohibición de acceder al recinto. Tentaciones tuve de penetrar... Sin embargo, el sentido común dictaba que estaba sola, que nadie sabía que me hallaba en aquel apartado enclave y que si tenía un accidente, con total probabilidad ningún alma se avendría a rescatarme.

Intentaba mirar al Sol con el filtro. No obstante, éste se doblaba impidiéndome verlo oportunamente. Hubiese sido mejor comprar aquella revista que regalaba unas gafas especiales. Pero, ahora era tarde... Entonces, algo en el suelo llamó poderosamente mi atención. Parecía, por su forma, una rosquilla... pero no, ¡era una piedra!

-¡Curiosa forma! –pensé mientras la examinaba.

Me venía perfecta para apoyar el filtro y mirar a través suyo.

Debía llevar tres o cuatro minutos observando el fenómeno solar cuando algo me hizo bajar la vista y fijarme en la entrada de la cueva. Siempre a través de la piedra, lo que vi, me llenó de terror: un ser muy bajo y gordito, que no alcanzaba un metro, reclamaba mi atención desde la entrada. Juro que pensé que era el mismo diablo. Tenía cuernos, barba de chivo y unos brazos descomunales que le llegaban casi a los tobillos y que terminaban en garras.

Todo fue cuestión de pocos segundos. Dando ágiles saltos se colocó frente a mí, lo que me permitió verle la cara con mayor detalle. Sus ojos eran del color del fuego, grandes y rasgados. Sus prominentes cejas afiladas permanecían arqueadas en actitud claramente hostil. Su mirada era perversa y burlona. En su mano izquierda portaba un báculo. Se acercó tanto que temí que fuese a hacerme algo malo. Súbitamente solté la piedra y di un respingo hacia atrás. Al hacerlo, desapareció, lo que no impidió que sintiese como si algo me tirase del pelo hasta hacerme gritar de pavor. Lo que fuese continuaba allí, aunque yo no pudiese verlo físicamente.

Pensé que era una ilusión óptica pero rápidamente recordé las palabras del viejo de la tasca, quién por cierto, guardaba cierto parecido físico con aquel extraño ser.

No lo pensé dos veces: producto de una insolación o no, me negué a arriesgarme a que regresase, así que bajé el monte en un tiempo récord. Incluso me torcí un tobillo. Evitaba mirar hacia atrás, pensando que tal vez estuviese siguiéndome. El miedo que pasé no lo sabe nadie, porque a nadie nada conté. ¿Cómo iba a relatar algo así? Y si encima decía que en aquel momento tenía en mi poder una cámara fotográfica y que no había sido capaz ni de acordarme de ella, ¿quién iba a darme crédito?

Pasé el resto de la tarde presa de una gran excitación. El sol había causado estragos en mi rostro y en la habitación del hotel, mientras me aplicaba un gel intiinflamatorio en el tobillo, comencé a cuestionarme cuanto había vivido en los minutos del eclipse. Intenté dormir, pero no pude más que protagonizar pesadillas y horripilantes ensueños.

Desperté envuelta en sudores al oír el timbre del teléfono. Era Marcos, un amigo de Madrid que llevaba casi dos años residiendo en la isla. Me invitaba a unirme a él y a sus amigos para una cena informal en Sant Joan. Mi primera reacción fue declinar el ofrecimiento. Sin embargo, con posterioridad cambié de parecer. Estar con gente, dadas las circunstancias, me haría más bien que mal...

 ******

Las estrellas brillaban con mayor intensidad que de costumbre. La noche estaba clara y despejada. Una suave brisa penetraba a través de la ventanilla. La cena había sido animada y divertida. Al menos, había servido para distraerme. Conducía hacia el sur de Ibiza por la carretera de Sant Joan en dirección a Santa Eulària des Riu. Al quedarme sola me concentré en la sinuosa ruta. Pero más que por prudencia lo hacía por temor a mirar a través del espejo retrovisor. El rostro de aquel ser, real o imaginario, perseguía mis recuerdos produciéndome honda inquietud... De pronto, algo cayó sobre el techo del vehículo. Por el sonido parecía una piedra. Me llevé un buen susto pues el golpe fue seco y grande. No había acabado de recuperarme de ello cuando nuevos golpes comenzaron a escucharse por todo el techo. Daba la impresión de que estuviesen lloviendo piedras. Como pude, detuve el vehículo y bajé para comprobar los daños... ¡No había una sola abolladura y no cayeron más “piedras”! No podía dar crédito. ¿Acaso me estaba volviendo loca? ¿Por qué oía ruidos que no se correspondían con la realidad? ¿Qué me estaba ocurriendo? Medité seriamente regresar a Madrid, olvidarme de mis días vacacionales y mandar al garete aquellas visiones. A pesar de estas reflexiones, determiné permanecer en Ibiza. Ninguna “alucinación” iba a ser más poderosa que mi voluntad... Eso creía... Pero hubo un detalle que acabó por convencerme de que ese ser era real... Fue una visita que hice días después al Museo Arqueológico de Ibiza y Formentera. Allí, mientras contemplaba una de las vitrinas ¡volví a verle! Era su viva imagen... la misma cara, aquellos ojos siniestros y su baja estatura aparecían representados en una antigua tablilla. El letrero rezaba: dios Bes.

Posteriormente, por libros que adquirí en el mismo museo, averigüé que este dios había sido una divinidad temida y respetada entre los antiguos moradores de la isla, al que incluso se le habían llegado a acuñar monedas en el siglo III a.C. No quise saber más: abandoné el museo y la isla. Jamás conté a nadie lo acaecido aquellos días en los que un eclipse marcó el fin del milenio.

Madrid, 13 de octubre de 1999.

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